viernes, 11 de abril de 2014

Memoria : patrimonio común de la humanidad


No sé si a alguien le parece significativo. A mí, por lo menos, me parece materia de reflexión. Me refiero, concretamente, al enfrentamiento de los hijos de Martin Luther King por su memoria. Al que aquí escribe, no le extraña en absoluto. Recientemente pudimos darnos cuenta, después de la muerte de Nelson Mandela, de que la familia de Madiba tiene también serias reyertas internas con el fantasma del premio nobel de la paz. Hay muertos, al parecer, más vivos que muchos vivos.





Resulta como mínimo sospechoso que las familias de tantos y tantos personajes públicos importantes en la historia cultural de un país sean fruto de una lucha fratricida entre la voluntad de los oportunistas de turno por re-significar politicamente su vida y obra y la voluntad de los familiares de turno por hacerse con los derechos de autor - y monopolio interpretativo - de la vida y obra del difunto. En el fondo, todo es más simple y cutre de lo que parece : los estados y sus gobiernos siempre re-escriben y re-interpretan el legado de los personajes públicos arrimando demasiado el ascua a su sardina, sobre todo cuando se trata de personajes que canalizaron altas dosis de esperanza y emociones colectivas en el pasado reciente; por su parte los familiares de estos personajes públicos, en muchas ocasiones, acceden a la presión de los grandes medios, de la industria cultural y de las administraciones de cultura vendiendo por cuatro duros el legado inmaterial del difunto, sin importarles si éste se transmite con un mínimo de veracidad y rigor histórico.
¿ Es esto algo nuevo ?. No; en realidad, empieza ya a ser un lugar común bastante interiorizado en la sociedad civil eso de que la memoria es una construcción social en la que los medios de reproducción técnica y los intereses corporativo-políticos contribuyen en gran medida a generar el rudio, la confusión, la manipulación y la propaganda que les interesa para proceder al total vaciamiento político del sujeto y de su relación con la comunidad. Lo que parece no ser un lugar común, al menos juzgando sus líneas editoriales y contenidos, es la necesidad de que esa profesión que llaman periodismo deje de ser lanzadera para cuenta cuentos y opinadores expertos en nada para reconvertirse en lanzadera de comunicación social sin cortapisas ideológicas a la hora de establecer los marcos y los discursos posibles. No se trata, ni mucho menos, de apostar por un post-moderno todo vale, sino de establecer unos criterios claros que sepan diferenciar lo que es analísis partiendo de hechos de mera propaganda a bombo y platillo.
Como en política, aquí también chocan la lógica de lo posible, que opta por hacer lo que se pueda dentro de estructuras mediático-políticas ya viciadas de antemano por criterios empresariales, con la lógica de lo deseable, que opta por adoptar esas mismas estructuras a la pluralidad real de visiones existentes en la sociedad civil. Es rotundamente imposible llegar a consensos claros que no oculten las disidencias subyacentes en los mismos, sobre la vida y obra de Martin Luther King, por ejemplo, o de Mandela, o de Salvador Allende, o de cualquier otro personaje público especialmente relevante en la historia colectiva de cualquier país, si la lógica clánica del interés/conflicto familiar , de la industria cultural de masas y del interés instrumental y cortoplazista de los gobiernos interceden y escogen, selectiva y meticulosamente, qué investigadores y en qué marcos y lenguajes pueden interpretar la vida y obra de Martin Luther King... y qué investigadores, marcos y lenguajes excluímos silenciosamente del debate. La intención, en este criterio selectivo y silencioso, es tan profundamente política como es el ensordecedor y delirante ruido mediático de la propaganda.
La memoria es, debería ser, patrimonio común de la humanidad, no sólo aquella que va sedimentando poco a poco en el imaginario colectivo de los pueblos, sino aquella que, en el presente, construímos esforzadamente como muro de contención a la propaganda. Que la neutralidad es una quimera, pocos, cada vez menos, lo dudamos a estas alturas de milenio, pero confundir la parcialidad de la mirada con un supuesto derecho no escrito a no contrastar empiricamente ni someter a crítica los propios argumentos, conformándose tan solo con verbalizarlos sin oposición discursiva, flaco favor hace a la Justicia, a las libertades civiles y a la democracia.




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