lunes, 23 de diciembre de 2013

El "españolismo" como excusa : intuiciones intelectuales.





Con los referentes y las referencias sucede lo mismo que con los dioses : cuanto más se necesita creer en ellos con más visceralidad se reacciona cuando son sometidos a crítica o desprovistos de su aura de perfección. Lo peor de todo es cuando uno menciona sus nombres en espacios sociales, círculos culturales o instituciones en donde existen, ante todo, intereses, y en donde se necesita, con extrema urgencia, usar a los dioses, a los referentes y a las referencias como simples instrumentos simbólicos para fortalecer regímenes de poder en franca decadencia, darse una falsa imagen de élites cultas o ilustradas, o bien intentar, desde una posición y una actitud de marginalidad, aquello que algunos escritores e intelectuales, incluso antes de Gramsci y de la concepción moderna del escritor y del intelectual, llamaban la Hegesthai – Hegemonía, en griego -, y que no es otra cosa que buscar los medios con los que lograr un fin muy concreto : interiorizar en las cabezas y en los corazones de las personas que determinada manera de pensar, sentir y actuar – una forma colectiva de vida, ni más ni menos -, sea vieja o sea nueva , es preferible al modo de vida que las clases dominantes proponen e imponen más o menos subliminalmente, y que las subalternas mimetizan, también, con mayor o menor grado de conformidad y consentimiento.



El recurso a la violencia, por supuesto, en sus múltiples y variadas manifestaciones, es la partícula elemental para entender cómo y por qué motivo determinadas formas de vida son aceptadas o puestas en duda, así que no debería extrañar en absoluto que en la convivencia humana, aquello que Kant llamaba la insociable sociabilidad del ser humano, se manifieste en intermitencias históricas de visceral rebeldía e incluso esquizofrenia clínica.

En Galicia, sin ir más lejos, existe una seriedad que roza la más enfermiza de las solemnidades con los referentes y las referencias intelectuales de nuestra gramática cultural, sobre todo en el cerrado y endogámico mercadillo de los escritores e intelectuales con más pulsión militante que creativo-reflexiva, que tienen que torear en un contexto de generalizado desinterés por el conocimiento de la propia historia cultural de Galicia y soportar, por si no fuese poco, las urgencias cortoplacistas de una agenda editorial y política que sólo busca productos estéticos y político-electorales que no pongan en duda los tan paralizadores consensos simbólicos de esa casta de intocables en la que ha devenido la llamada generación de la transición – excepciones al margen, que siempre las hay -.

La situación es compleja y las predisposiciones muy pocas para hablar del germinar de una política cultural – y de una cultura política – con óptica local y global, pues nos movemos en una fecunda tensión sexual no resuelta entre la voluntad de conquistar el mercado simbólico de las mayorías aculturadas y desmemoriadas o el tener que entendernos con los consensos simbólicos de la gerontocracia de turno, aquella que se auto-denomina como minoría culturalmente consciente con deseos de vanguardia, cómicamente desfragmentada en guettos políticos liderados por populistas personalismos que buscan traspasar su relevo a las generaciones futuras  o a las llamadas juventudes militantes.

Esta tensión sexual no resuelta entre hablar para las mayorías aculturadas y desmemoriadas o las minorías culturalmente conscientes auto-representadas como vanguardia político-cultural, es un hecho de capitalísima importancia para entender las contradicciones específicas que se dan, no sólo en la sociedad gallega, en el estado español y en Europa, así como en el panorama internacional, sino también en el discurso literario y político y en el comportamiento público, por acción u omisión, de sus intelectuales comprometidos . En no pocas ocasiones, por ejemplo, me ha resultado cómica cierta actitud y cierta textura de sentimiento que aún a día de hoy se reproduce en los popes del nacionalismo gallego, consistente en defender retórica e idealizadamente, la liber-qué, iguali-quien, fraterni-cuando ilustrada ad-extra, hacia afuera, al mismo tiempo que se reproduce, ad-intra, hacia adentro, una auténtica guerra fría por ocupar los puestos de responsabilidad o intentar que una ideología cerrada o una tesis política prevalezca sobre todas las demás por mayoría simple. Son dos caras de la misma moneda : la de la competición ciega y descoordinada por el poder a través de la negación y silenciamiento, más o menos violento, del otro.



 Las voces minoritarias pueden hacerse autoritarias sin tener autoridad cuando cometen el error de creer que su posición de marginalidad puede justificar automáticamente todos sus argumentos, comportamientos o incluso laxitudes que tratan de relativizar las dobles morales del pequeño guetto político-cultural del galleguismo con el clásico cuento de que en el gran guetto político-cultural del españolismo tienen más fuerza y poder. En el humano, demasiado humano, y cerrado, cada vez más cerrado círculo político-cultural del nacionalismo anti-colonial, incluso aquel de de pre-guerra civil que no necesariamente utilizaba los significantes nacionalismo o colonia, sino los significantes galleguismo y centralismo, en una clara actitud de posicionamiento contra la common law del Estado Español. En este humano, demasiado humano y cerrado círculo político-cultural del nacionalismo de pre-guerra civil, digo, como en el nacionalismo anti-colonial de post-guerra que rompió coherentemente con el Piñeirismo y la Xeración Galaxia, tratando de orientarse recuperando tanto el sueño colectivo de la izquierda galleguista en el exilio – exterminado por la fuerza de las armas y perseguido a través de la institucionalización política del terror, el asesinato y la tortura – como la poética política, por así decirlo, de los movimientos anti-coloniales de los años 60, seguirá respirándose el mismo clima de personalistas resentimientos recíprocos. Dudo, por ahora, que la cosa cambie.

Seguirá existiendo este clima, sí, e incluso re-existirá perpetuamente, si el feminismo no deja de ser, tanto un discurso teorético para sus bases, sin trascendencia vital para sus vidas, como un maquillaje simbólico para sus representantes institucionales, cuya intención es escenificar una paridad meramente visual y mediática que no emana de un verdadero esfuerzo pedagógico por cambiar la asimetría y la calidad relacional entre géneros y sexualidades, así como tampoco de la voluntad de frenar la legislación civil y socio-laboral que la justifica.

Mi humilde – y definitiva – proposición es, pues, abandonar de una vez elitistas narcisismos para ejercer la autoestima cívica y el placer de llevarle transparencia, veracidad informativa y gozo estético al pueblo, sin más compromiso que el de una generosidad que no se autosatisface a sí misma, y sin más motivo que la satisfacción vital que eso nos provoca.

Mi humilde – y definitiva – proposición es recuperar la convicción radical de que, incluso sumidos en un lodazal de hipocresía, existen grietas a través de las cuales aún se deja ver la luz del sol. Son esas grietas, físicas y metafísicas, alegóricas, que Albert Camus situaba entre la miseria y el sol. La miseria que le impidió creer que todo estaba bien bajo el sol y en la historia, y el sol que le enseñó que la historia no lo es todo.


El cuento de la emancipación todavía ha acabado… de empezar

El selectísimo "club de los 200"


Otra de las múltiples plagas que hay que soportar en la cotidianeidad de esta aldea global : los pusilánimes. Probablemente sea ésta la clase de conciencias que más detesto, y con una visceralidad lo suficientemente sincera como para desearles la guillotina por imperativo estético



Los pusilánimes son el perfecto retrato Fannoniano de esa clase de sujetos preñados de auto-odio a los que les sirves de primer plato las realidades menos agradables de su contorno social y reaccionan como si tuvieses tú la culpa de que en tu país no existan paraísos. En realidad, da absolutamente igual qué estrategia de diálogo o qué espíritu pedagógico sigas para tratar de hacerlos entrar en razón : si te expresas con un habla más culta o académica que popular dirán que no tienes los suficientes galones universitarios para tenerte en cuenta. Si te expresas con un habla que se esfuerza por mezclar los códigos más populares con una cierta profundidad reflexiva, dirán que eres un prepotente o un pedante que quiere marcar diferencias con la common people y su sacrosanto common sense. Si haces el esfuerzo de expresarte con los códigos y el lenguaje que se le exige a un científico social, te dirán que no hace falta complicarse tanto, pues, por lo visto, las cosas ya están claras, muy claras, clarísimas, tal y como nos llegan, y pueden entenderse por ciencia infusa sin mediación entre el corazón y la cabecita, y viceversa, con la misma naturalidad con la que observas una camelia o con la misma espontaneidad con la que te suenas los mocos.


Cuando uno trata de dialogar con un pusilánime – ya no digamos discutir civilizadamente – hai que tener en cuenta lo siguiente : no quiere llegar a ninguna parte y de ninguna manera. Ningún horizonte vital guía su conciencia ni su modo de hacer las cosas. Lo suyo es quejarse constantemente y hacerse heridas, a sí mismo y a los demás; de este modo, canaliza toda su verborrea para intelectualizar sus complejos de inferioridad, proyectando en los demás sus complejos de inferioridad y convirtiéndolos en estereotipos de fácil etiquetaje.


Los pusilánimes no tienen estructura ni orden mental. Su desgarro vital y su confusión necesita muchas píldoras de auto-censura personal y otras tantas de censura a los demás. A los pusilánimes no los guía la curiosidad ni la búsqueda de lo sublime; así pues, como no soportan que la realidad no se amolde a sus deseos, tratan de intelectualizar sus deseos para que encajen en hechos cuidadosamente seleccionados. Los pusilánimes se sienten débiles, muy débiles, de una fragilidad no asumida y mal llevada, así que reaccionan con populista resentimiento contra cualquier sujeto que se desmarque, esforzadamente o con soltura, de la mediocridad fabricada en serie.


De algún modo, el pusilánime se ha convencido de que defender el sector público y los valores liberal-democráticos implica igualar las capacidades y las cualidades de las personas por lo bajo, e implica, también, considerar que eso que llaman la common people sólo tiene inquietudes de estómago hacia abajo, y el resto son mariconadas literarias o filosóficas. Para el pusilánime, todo tipo de auto-afirmación de la propia personalidad ética, estética y razonante tiene que desembocar necesariamente en narcisismo si no se somete a los criterios valorativos y a los consensos mayoritarios.


Pusilánimes, lo que se dice pusilánimes, hai un montón de ellos en el Reino de Galicia – como en el resto del mundo -. Desde plumillas consagrados que se dieron toda su vida un aire de enfant terrible del nacionalismo anti-colonial gallego de post-guerra y recogen, a día de hoy, suculentos premios literarios de 30.000 euros de las manos de instituciones y personas que han criticado vehementemente toda su vida, hasta plumillas igual de consagrados que dejan de ser tan progres y tolerantes como salen en la cámara cuando se desvela la doble moral de su prisómetro o galaxiómetro periodístico, cultural y literario, hasta – como no – nacionalistas de tocino y taberna que van de mitin en mitin y de fiesta gastronómica en fiesta gastronómica lanzando exabruptos y consignas llenas de testosterona, convirtiendo a esa cosa que llaman galleguismo en un modus vivendi que consiste en ir de picnic permanente con tu familia.


El pusilánime no quiere hechos ni verdades concretas, quiere actitudes, poses y way of life. Algo que sea agradable a la vista y oídos de sus receptores imaginados. En este sentido, es exactamente igual que una prostituta del ser y de la palabra. El pusilánime no quiere ir a la raíz de las cosas, quiere moverse por la vida con superficial desenfado y enfadarse con aquellos que piensan y crean en serio; por supuesto, nunca será quien de asimilar que dejar de ser un niño y madurar no tiene nada que ver con imitar el camino que los adultos de un tiempo concreto han marcado a los niños que comparten su contemporaneidad. Los pusilánimes, sí, los pusilánimes; esa comunidad de repelentes, ese destino único en lo universal que ha tratado siempre de patrimonializar y vaciar de contenido todo lo que en la historia cultural y política de Galicia oliese a desobediente rebeldía democrática.






Entre silencios impuestos desde fuera y auto-impuestos desde dentro, entre silenciosos exilios políticos por la puerta de atrás, entre dolorosas diásporas en el humo de locomotoras y vapores de barco, antes, o aviones y trenes de alta velocidad, ahora, los pusilánimes, ese partido interclasista, más clasista que inter, más confesional que laico, más autonomista que soberano, más populista que popular, más endogámico que federal, más libericida que liberal, y más galleguista que tú, que yo, que él y que todos nosotros juntos, ha logrado reunir a cerca de 200 personalidades destacadas en la quintuagésimo quinta edición de los premios Fernández Latorre, con la fiel cobertura mediática de La Voz de Galicia.


Pregúntales a ellas, querido lector, cual es su fórmula mágica para salir de esta crisis civilizatoria, y cual su proyecto para dar voz a todas las voces de esta Galicia invertebrada. Digo yo, no sé, que algo tendrán entre manos, ya que no pocos salieron al atril rotundamente convencidos de que el buen galleguismo, el gran galleguismo, el galleguismo sin fisuras – sic -, tuvo como fecha fundacional el 25 de Julio de 1950. ! Y el resto del cuentito para qué contarlo, che !.


Al fin y al cabo, los pusilánimes, que también allí estaban presentes, seguirán teniendo la voz cantante en esta puerca tierra. Y la responsabilidad, por supuesto, seguirá siendo nuestra, por no esforzarnos en construir una Galicia y una concepción cultural y política del galleguismo radicalmente opuesta a la del selectísimo club de los 200.