viernes, 30 de septiembre de 2011

"Recuerdos y olvidos".


Que yo recuerde, siempre he tenido que refugiarme en mí mismo como estrategia de autodefensa y de conservación de la propia higiene mental, libertad de pensamiento y conciencia. Las personas con las que he podido expresarme libremente a lo largo de mi cortísima vida las contaría con los dedos de una mano. 

Cuando mis padres volvieron de Suiza a Galicia, creo recordar que, para mí, aquel retorno a los orígenes tan anhelado para mis padres, era, para el que escribe, un verdadero viaje a lo desconocido. Yo nací el dos de Febrero de 1979; de vez en cuando, para regularizar mi situación en Suiza, mis padres me dejaban al cuidado de mi abuela paterna en Galicia, mientras ellos normalizaban su situación como emigrantes en el sector de la hostelería. En Suiza no había televisión Española. Recuerdo que me quedaba largo tiempo escuchando los telediarios de la RAI porque sentía al italiano como una lengua más familiar y fácil de entender, mucho más que el Alemán que empezaba a chapurrear para poder integrarme en el parvulario con mis compañeros de clase. 

Como no había televisión, no crecí con el bombardeo mediático de tiempos de la transición, así que, a día de hoy, cuando escucho o leo a la clase política española proferir sagradas palabras sobre el sacrosanto espíritu de la transición, siento que estoy asistiendo a algo parecido a un sermón eclesiástico en un altar y a un Dios que me resulta totalmente desconocido, tanto por vía de la razón como por vía de la emoción. Para que luego digan que los sueños de cierta razón laica no crean monstruos, ¿verdad, querido lector? 


Lo único que recuerdo de esos tiempos es que mis padres trabajaban y vivían con mucha dignidad en un pequeño pueblo llamado Rheinfelden. Lo único que recuerdo son imágenes reales de grandes campos de cebada en los que se fabricaba cerveza. Recuerdo también imágenes de pequeños remolques de madera llenos de trigo, tirados por caballos negros con grandes anteojeras. Recuerdo grandes centros comerciales en los que se empaquetaban las compras en bolsas de cartón, calles limpias y poco concurridas con carril bici, vecinos amables de los que desconocías por completo su vida privada... y que saludaban cortés y amablemente sin preguntarte el país de procedencia. También recuerdo el río Rhin y el pequeño islote de más allá del puente, en donde se hacían frecuentemente, en un descampado cercano, horteras y folklóricas comilonas populares alemanas basadas en salchicha con mostaza y cerveza. Por supuesto, el acordeón y la canción popular de turno tampoco faltaba. 









El islote tenía una casa de madera y árboles. Muchas veces me preguntaba si no correría algún día el peligro de quedar enterrado por las aguas del Rhin en alguna crecida. Pero no, el islote siempre estaba ahí, presente e imperturbable, con su pequeña choza y sus árboles. Cada vez que pasaba por esa zona del río, sentía unos deseos enormes de conocer a su dueño. Me lo imaginaba tan tranquilo y misterioso como la presencia del islote. 

A día de hoy, ese islote es como una metáfora insustituíble de la libertad personal. Al menos para mí. Que las aguas del río se muevan hacia la misma dirección de siempre. Yo escojo no moverme y quedarme parado si me da la gana. Me gusta mi islote, me gusta mi casa de madera y me gustan mis árboles. Que el mundo y la gente se muevan hacia donde quieran. Yo no quiero moverme. Yo no vendo mi islote ni por todo el oro del mundo. Desde mi islote, me entero mejor de lo que pasa, por mucho que el agua del Rhin se mueva siempre hacia la misma dirección. Y, de todos modos, aunque pase algo y ese algo se mueva, me es descaradamente indiferente. Yo no quiero moverme de mi islote si mi islote me gusta, y punto. 







Hablando de islotes. De mis paisanos gallegos, por ejemplo, siempre me ha parecido entrañable pero, el mismo tiempo, cómico, ese excesivo apego que tienen por sus idiosincrasias identitarias, lo cual ha hecho que me gane el desprecio y hasta la indiferencia de no pocos de ellos, sean intelectuales locales o gente de a pie. No es tanto la necesidad de resaltar sus singularidades como la forma y el contenido, tanto político como mediático, que toma el susodicho discurso identitario, lo que me enerva. 

Lo que me enerva profundamente es el hecho de vivir en un país en el que, en nombre de la identidad, la injusticia se enmascara. Incluso la intelectualidad más progresista y socialmente concienciada del galleguismo y del nacionalismo -honorables individualidades y excepciones- no deja de repetir absurdos clichés para disimular el profundo miedo y desorientación que le provoca el schock social, político y cultural que está provocando, a escala planetaria, la mercantilización capitalista de todo recobeco de la existencia, desde el arte, pasando por la literatura, las formas de vida, las relaciones entre personas... y, !!ay!!, la convivencia, muy conflictiva y poco "armónica" convivencia, entre alteridades linguísticas y culturales. 





De todos modos, tampoco debería enfadarme más con mis paisanos gallegos que con el resto de paisanos de otros países, puesto que el sacrosanto discurso identitario, apoyado en fundamentos teóricos del más diverso y sonrojante tipo, no es una exclusiva de los gallegos. La cultura, la lengua, la forma de vida, el modo de ser y pensar, el carácter.. etc, son una pequeña muestra de los diversos, absurdos e infumables clichés -llevados hasta el extremo- con los que los políticos, los intelectuales, el ciudadano-consumidor y los escritores "nacionales" de turno, a nivel planetario, se atontan y se convencen a sí mismos para tener una chauvinista, familiar y muy paternalista excusa para ponerle fronteras y hasta tapones al pensamiento crítico. 


La cultura debería ser un puente, no una frontera. Pero un puente para entrar en otro mundo, en otro lugar. Un puente para atreverse a conocer lo desconocido. Una vez que lo desconocido se torna conocido, lo que nos parecía exótico ya no lo es tanto, y el discurso folklórico y multicultural que nos instaba a conocer y "respetar al otro" se va relativizando poco a poco cuando se va cayendo en la cuenta de que, también al otro lado de la frontera, existe la trata de blancas, la estupidez, la ignorancia, la vulgaridad política y mediática, la mercantilización de la vida, la desigualdad de género, la cosificación y el machismo lacerante de las burocracias monoteístas del espíritu, la brecha abismal de poder y recursos entre ricos y pobres, la conversión de la prensa y la información en un mero negocio, la estigmatización del pensamiento crítico, la post-moderna y consumista celebración colectiva de la desmemoria, del take it easy o del just live the present, en su defecto. La fusión entre teología y política. Estados construídos en base a fundamentos étnico-identitarios. Una desertización abismal de las zonas rurales. Una ecocida mega-urbanización planetaria totalmente insostenible. Poderes judiciales, cuando no aparatos de estado enteros, comprados y regidos por la mafia global, y sistemas educativos que educan a las nuevas generaciones para repetir las mismas hazañas, mentiras históricas, cliches, estupideces y estereotipos racistas que repetían sus padres. 

Y como no, también el eterno recurso de nuestros estados en tiempos de crisis: armarse hasta los dientes con sofisticadísimas tecnologías militares para amenazar al eterno "enemigo" geo-estratégico, y ofrecer "seguridad" al ciudadano-consumidor atemorizado, que sube los índices de consumo nacional de anti-depresivos hasta límites insospechados y que se queja amargamente de la llegada de hordas de "extranjeros" a su propio país, mientras paga, con conocimiento o desconocimiento de causa, con sus impuestos, tanto los muros de hormigón como las nuevas tecnologías espaciales de control de los flujos de emigración con las que las élites occidentales mantienen alejado al otro que tanto dice respetar. 


Dicho esto, y sintiéndolo mucho por algunos de mis paisanos, creo que ya es hora de decirles que no necesito su identidad. Ni mi identidad Suiza de infancia. Ni mi identidad gallega. Ni mi identidad hispana, o latina, o española ... o la que sea. Todas para ellos. Sólo puedo justificarme ante mis paisanos del mismo modo que Dubravka Ugresic lo hace con los suyos en "No nay nadie en casa", un fantástico híbrido de géneros en el que, entre otros muchos y variados temas, Dubravka se despacha con despiadada, apasionada y lucidísima vehemencia con los traficantes de identidades del mercado literario, del mercado político-mediático y del mercado turístico, entre otros. 

Lea, querido lector, las siguientes líneas, y reflexione: 

-"Con la muerte del comunismo se produjo la quiebra de la 'imaginación social', que fue elogiada como la entrada de una supuesta época madura, posideológica. Hoy día nadie contempla seriamente una alternativa posible al capitalismo, vivimos en un tiempo 'poshistórico', 'sin conflictos' o un 'tiempo apático'. Parece como si el horizonte de la imaginación social ya no nos permitiera entusiasmarnos con la idea de la posible muerte del capitalismo, porque, de algún modo, todos aceptamos tácitamente que el capitalismo está aquí para quedarse, y así, la energía crítica ha encontrado una salida sustitutiva en la lucha por las diferencias culturales que deja intacta la homogeneidad fundamental del sistema capitalista mundial. El precio a pagar por esa despolitización de la economía es una suerte de despolitizacion de la misma esfera política; la verdadera lucha política se ha transformado en disputas culturales por el reconocimiento de identidades marginales y la tolerancia de las diferencias"


Espero que, algún día, hablar desde y sobre algún país, no se confunda con alguna identitaria declaración de principios. Espero que, algún día, la verdad y la justicia comience a ser tenida en cuenta, tanto por mis paisanos gallegos como por el resto de paisanos del mundo. Si en algún tiempo fui condescendiente, lo lamento de veras. La condescendencia me ha cansado. Pueden ustedes encontrarme en algún no man's land. Espero que mi compañía y hospitalidad les sea grata.




lunes, 26 de septiembre de 2011

"Tortugas, pájaros y loros en el Reino de Galicia".







El lenguaje, hablando de un modo abstracto y homogéneo, y las lenguas, hablando de un modo particular y plural, no son sólo un instrumento esencial, la partícula elemental, por así decirlo, de las relaciones sociales. Son también instrumentos para empezar a conocer la realidad que nos rodea. Dicho de un modo sencillo y sintético : el lenguaje y las lenguas posibilitan el diálogo y el reconocimiento en las relaciones sociales, pero también posibilitan el conocimiento, más o menos objetivo, de esa cosa tan complicada, problemática y viscosa llamada “realidad”. Son, por lo tanto, instrumentos necesarios, tan necesarios como la misma necesidad de relacionarse, que no sólo caracteriza a nuestra esquizofrénica y alocada especie, sino también al resto de especies no-humanas, y tan necesarios como la misma necesidad de conocer la realidad para actuar en consecuencia y plantear soluciones concretas a problemas concretos. Necesidad ésta, por cierto, que tampoco es exclusiva de este extraño bicho llamado hombre.


En el Reino de Galicia, cuentan las malas lenguas –en particular, el gallego, que no sé si es mala, pero que recibe el mismo trato que el demonio por parte de nuestra angelical administración auto-anémica-, este tipo de consideraciones socio-linguísticas, epistemológicas y hasta antropológicas no interesan mucho al galleguismo amable, cordial, bilingüe y cosmopolita. Ese galleguismo cuyo cordial bilinguismo consiste en esconder la cómica doble moral, explícita e implícita, que subyace bajo el hecho de que el castellano tenga reconocidos, de iure, derechos y deberes, mientras que las “otras” (sic) lenguas tienen, de iure, derechos… pero no deberes. Ese galleguismo cuyo cosmopolitismo consiste en celebrar con aplausos la expansión, a escala planetaria, del libre flujo de mercancias y capital financiero, junto con la regulación e intervencionismo estatal en las corrientes migratorias -por si no llegase con esa intervención, se construyen muros de hormigón y se hacen inversiones tecno-científicas en satélites especializados en el control y localización de flujos de bárbaros al rico y muy próspero occidente, y santas pascuas-. ¡Ay!, si, ese galleguismo que considera la palabra normalización lingüística –y por lo tanto, cultural, puesto que la lengua no es sino el instrumento a partir del cual se comunica y transmite la cultura- como un atentado contra su muy cosmopolita buen gusto.

A ciertos galleguistas cordiales, querido lector, le caen mejor los perros que las personas –no es que considere, ni mucho menos, que éstas se merezcan más respeto y dignidad que aquellos-, porque las personas, en particular, y los seres humanos, en general, tienen la funesta manía de expresarse y exigir justicia en varias lenguas, pero los perros, en particular, y la raza canina, en general, tiene la muy cordial amabilidad de expresarse en una sola lengua y, además, lamer la mano del amo aunque éste lo abandone, lo pegue, lo ignore o lo encierre en una jaula durante todo un año.

A mí, querido lector, me pasa algo raro, muy raro : me caen mejor los perros que los galleguistas cordiales, por la sencilla razón de que su cordialidad es muy parecida a la del funcionario feliz y sonriente que, hábil en lo que se refiere al venerable arte del buen tratar a las personas, así como en el arte del buen hablar, esconde en su interior el más visceral auto-odio e insensibilidad social, política ,lingüística y cultural que el mismo Shakespeare, escrutador de los bajos fondos del alma humana, imaginarse pueda.

Lo dijo Xosé Manuel Beiras en su tiempo –que, a pesar de su histriónico narcisismo y sus malos modos, tenía la honorable virtud de decir verdades como puñitos-, y lo dijo, además, en tiempos del Fraguismo, cuando la lengua gallega era menos molesta de lo que lo es ahora, o cuando, hablando claro, la lengua gallega era, en un plano meramente discursivo y formal, el fetiche identitario que necesitaron los ex franquistas reconvertidos a la democracia para repartirse puestos de poder en el estado autonómico.

La sentencia de Beiras sonó como un trueno en el parlamento gallego : “son ustedes un verdadero cáncer para este país”.

Lo comparto al cien por cien, y además, añado : la única cura que tiene este cáncer, y que no es sino la política con mayúsculas y la denuncia moral, en el más amplio sentido de la palabra, no puede llevarse a cabo con análisis y retóricas amables o cordiales. El poder juega siempre con ventaja, puede vestirse de gala y sonreír mientras apuñala por la espalda a todo un pueblo, y si algún imprudente lo desenmascara de malos modos, para impedir el asesinato, siempre habrá quien disimule su miedo a condenarlo con la burla hacia las escandalizadas formas con las que se verbaliza tal denuncia. Nada nuevo, se trata de no atender a los fondos de la denuncia para burlarse de las formas, y así, salvar el alma y respirar, tranquila y cobardemente, entre la honorable y soporífera congregación de gentes correctas, equidistantes y bienpensantes.

Es triste, pero cierto. Aún a día de hoy, en Galicia, como en el resto del mundo, se prefiere la ilusoria seguridad de los pseudo-argumentos y discursos del poder, con su indolente y equidistante pose, a veces, y con su descarnada y emotiva visceralidad, otras. Se prefiere esto, si, que las protestas airadas pero justas de cualquier hombre honesto, veraz y solitario.

No es un guión para una película, es la puta realidad.

Cuando paseo por Coruña, además de fijarme en el post-moderno sky-line de los edificios, que se asemeja en mucho a cualquier gráfica macro-económica de la historia contemporánea de Argentina –arriba, abajo, arriba, abajo, arriba..- y que, al mismo tiempo, sirve para expresar gráficamente la esquizofrenia identitaria de Galicia, con su particular tendencia ciclotímica entre el épico narcisismo de las esencias patrias y el dramático auto-odio de los pueblos que han pasado de una situación colonial en la dictadura Franquista… a una suerte de neo-colonialismo interno post-transición de nuevo cuño. Cuando paseo por esta ciudad, digo, se me da por mirar en qué lengua están escritos la mayoría de los periódicos. Si no me engaño, creo que en castellano. Además, como también tengo orejas, además de ojos, suelo escuchar en qué lengua se comunica en la mayoría de las radios. Si no me engaño, creo que también en castellano.

Pero además, como amén de ojos y orejas tengo la humana, demasiado humana necesidad de relacionarme, corroboro con mi experiencia cotidiana que gallego hablantes, lo que es gallego hablantes, la verdad es que no hay muchos en esta ciudad, no. Puede que el coruñés de toda la vida nos pose algún día su muy cordial y galleguista mano en el hombro y nos diga aquello de : ¡! Pues claro que hablo gallego, hombre, pero en la intimidad!!.

¡Ay!, pero además, como tengo el anacrónico y peculiar vicio de visitar asiduamente las librerías de la ciudad, caigo también en la cuenta de que la inmensa mayoría venden libros escritos en castellano. Es entonces cuando a mi galleguismo cordial le sube un poco la temperatura. No es que tenga nada en contra del castellano, no, lo que pasa es que me gustaría notar de vez en cuando que vivo en Galicia.

Y digo yo, ¿a qué clase de demonio maligno cartesiano se le habrá ocurrido etiquetarme, por obra y gracia del más vulgar nominalismo sociológico, y por obra y gracia de la brutal violencia simbólica del speech político-mediático, como un integrante del selecto y muy enfadado club de hipotéticos impositores del gallego?. ¿Sufriré yo acaso una especie de paranoico delirio?, ¿un espontáneo arrebato de lirismo poético airado contra la injusticia neo-colonial?.¿Seré acaso un individuo “radical” e histriónico que se deja llevar por las emociones?.

En la primera novela de Chinua Achebe, escrita en Nigeria en 1958, “Las cosas quiebran”, se explica, a modo de historia o cuento popular, porqué las tortugas tienen la concha agrietada. Según la leyenda, la tortuga hambrienta, conocida por su astucia, su lengua dulce y volubilidad, persuade a los pájaros para que la llevasen con ellos a visitar a sus huéspedes en el cielo. Después de aceptar la propuesta de la tortuga, cada uno de los pájaros le proporcionó a la tortuga una pluma y aceptaron que todos deberían tener nombres nuevos para tal ocasión.

La tortuga adoptó el nombre de “all of you”, todos vosotros, y por medio de su manipulación lingüística obtuvo para sí la mejor parte de la comida y del vino servidos en la fiesta celeste. Entonces, los pájaros, enfadados, recuperaron sus plumas, dejando a la tortuga colgada allí en lo alto. El loro, sin embargo, accedió a llevar un mensaje de la tortuga a su mujer, pidiéndole que le preparase un lugar donde pudiese aterrizar suavemente.

¿Qué pasó?, pues que el loro cambió el mensaje y la tortuga aterrizó en un montón de machetes, lanzas, pistolas e incluso su cañón, todos ellos carretados desde su casa. El sanitario de la aldea tuvo que volver a recomponer todos los pequeños pedazos de la concha de tortuga. Según la historia, esa es la razón por la que la concha de tortuga no es lisa.

Este cuento popular, que pretende explicar un fenómeno natural del mundo aldeano, lleva implícito un significado político y se convierte en una alegoría de una estrategia Africana para la Independencia. La tortuga, en la susodicha alegoría, representa el poder colonial. Es clara y tiene éxito gracias a su habilidad para manipular la lengua en el control y subyugación de los pájaros. En su casa lo único que tiene son básicamente armas : lanzas, pistolas y un cañón. Los pájaros están a su merced y son sus víctimas hasta que aquellos, a su vez, aprenden a usar las mismas armas que la tortuga maneja contra ellas.

La concha de la tortuga se rompe gracias a los machetes y las pistolas. Aún más importante, esto ocurre porque el loro, legendario por su inclinación a repetir justo lo que oye, superó la imagen estereotipada del Imperio y su mirada cosificadora, y aprende a usar la lengua que le convenía a él y a los pájaros, alterando el mensaje de la tortuga a su mujer.

El mensaje de Achebe es claro : los recursos retóricos del lenguaje, junto con la lucha armada, son esenciales para la resistencia de los pueblos oprimidos contra la dominación y la opresión y para los movimientos de liberación organizados.

No pretendo justificar, de ningún modo, la lucha armada, sin analizar sus motivaciones, sus causas y sus consecuencias. Tampoco considero que la independencia, en sí misma, sea la solución a nada para este pequeño país llamado Galicia. Lo que sí pretendo, querido lector, es hacerte reflexionar sobre quien , en el reino de Galicia, está con la tortuga. Sobre quienes, en el reino de Galicia, son los pájaros. Y sobre quien, en el reino de Galicia, hace las veces de loro de la lengua y el mensaje del Imperio, aunque pueda vencerlo usando sus mismas armas, como en el para mí demasiado épico y esperanzador final de la novela de Chinua Achebe.

Yo lo tengo claro. La tortuga, en el contexto internacional, es este imperio multipolar, en el que los Estados Unidos, a pesar de todo, sigue llevando la voz cantante con su descomunal poderío tecno-armamentístico y con su poder cultural y geo-estratégico a escala planetaria. No hace falta ser muy lúcido para caer en la cuenta de que, al galleguismo amable y cordial, no le desagrada del todo el cosmopolitismo del Wasp –white anglosaxon and protestant-; al fin y al cabo, y con la sonriente y tragicómica complicidad de una socialdemocracia cada vez más insípida e incolora, están gestionando gustosamente la way of life que impone el capitalismo planetario.

¿Y los pájaros?, ¿Quiénes son los pájaros?; sin duda, nuestros auto-anémicos parlamentarios que, con su cándida ingenuidad, invitan al convite al Imperio y sucumben a sus sugestivas triquiñuelas linguísticas.

Al final, como los loros, repiten su mismo lenguaje, su misma retórica, sus mismos signos, sus mismas recetas… y hasta la misma auto-imagen que el Imperio construye de ellos mismos, y que no hace sino convertirlos en elegantes gestores-pop del mercado internacional del turismo para ciudadanos ávidos de algún viaje a algún país exótico, a la par que aumenta la dosis de auto-odio histórico, por mucho que se levanten del convite y dejen solo al Imperio, que es lo que al fin y al cabo quiere y desea.

Quien sabe, algún día, los pájaros, aquí en Galicia, y en el resto del mundo, aprenderán a hacer lo mismo que el loro del cuento de Chinua Achebe : usar el mismo lenguaje del poder.. para empezar a romperle el cascarón al Imperio. O por lo menos, el cascarón lingüístico, que no lo es todo, pero ya es algo.


domingo, 25 de septiembre de 2011

"Racismos, muros y odios".

Escalofriante : 2OO cámaras. No son, como mínimo, 400 ojos, los que vigilan la frontera entre Méjico y Estados Unidos. No; Las 200 cámaras son, en realidad, una red de vigilancia nacional debárbaros a la próspera Lady América, que permite, además, que los propios ciudadanos puedan colaborar en la vigilancia desde sus hogares. Eduardo Prieto, en un fantástico artículo publicado en el periódico español El País, el 6 de Agosto del 2009, sentenciaba que si la peculiar manía del siglo 19 fue la historia, al siglo 20 le corresponderá la obsesión por el espacio. Más claro y tajante, imposible, aunque tengo serias dudas para aseverar que la decimonónica obsesión por la historia se haya diluído, y no sólo en esa geografía que denominamos occidente, para simplificar lo diverso, sino también en el resto del planeta.



He escrito, con repetida insistencia, sobre el altísimo poder destructivo del poderío tecno-armamentístico de nuestros estados, pero la fusión entre las nuevas tecnologías de la comunicación y el control geográfico me ilustra, además, la fría sutileza con la que nuestros estados-nación institucionalizan y ponen en práctica, progresivamente, su imaginario racista, incitando a participar, además, al populacho, en el festival de control, caza y captura del otro. No sólo tenemos articulada, a nivel planetario, toda una economía de guerra en tiempos de paz. Una economía articulada por y para la muerte, financiada con capital privado y público. Además se expande, también, a nivel planetario, el control geo-estratégico del espacio geográfico, cuyo sistema, como no, también es retroalimentado con capital público y privado.

Por si no fuera poco, la interpretación de algunos textos legales deja a las claras la falta de empatía de las élites con los motivos, razones y aspiraciones del éxodo de los otros. O dicho de un modo simple : su negativa a compartir "nuestro" espacio vital con aquellos que amenazan "nuestra identidad nacional" y nuestro confortable nido de bienestar. Y para rematar la cuadratura del círculo, ¿qué tal una pingue inversión en propaganda para animar a nuestros conciudadanos a alistarse en el ejército y vigilar desde sus casas al peligroso inmigrante que viene a robar su trabajo y el de sus hijos?. Así, mientras papá hace la guerra contra el enemigo, mamá podrá pasar el tiempo desde su hogar con sus hijos, controlando la llegada de los bárbaros.



Tecnología para el control y el odio. Armas para el control y el odio. Y leyes, sí, también, para pretender justificar el control y el odio. Esto es lo que respiramos día tras día, a un lado y a otro de nuestras fronteras, físicas y mentales.

¿Dónde está la nueva época de libertad que pregonaba la gilipollez bienpensante después de la caída del Muro de Berlín?. Poco después del gallinero mediático que prometía urbi et orbe la llegada de un mundo económicamente más próspero, gracias a los milagros terapeuticos de la expansión de la libre economía de mercado. Poco después del toque de corneta que obligaba, con paternalista arrogancia, olvidarse de los relatos políticos emancipadores, reaparecía de nuevo el miedo con la construcción de más, y más, y más muros. El muro de Cisjordania. La frontera electrificada entre las dos Coreas. Las alambradas de Ceuta y Melilla. El muro que segrega a las favelas de los barrios decentes de Sao Paulo, el muro del Sahara occidental, el muro de Belfast, el muro de Padua, el muro de Chipre, el muro de Egipto, el muro Arabia Saudi-Irak, el muro Irak-Kuwait, el muro Arabia Saudi-Yemen, el muro Iran-Pakistán, el muro India-Birmania, el muro India-Pakistán, el muro Uzbekistán-Kirgizistán, el muro Kazajistán-Uzbekistán, el muro Afganistán-Turkmenistán, el muro Uzbekistán-Tayikistán, el muro Tailandia-Malasia, el muro Brunei-Malasia, el muro Botswana-zimbabue...; en total, 20.824 Km. de muro, exactamente, el equivalente a la mitad del perímetro ecuatorial de la tierra. 







Si seguimos así, quien sabe, algún día podremos dar la vuelta al mundo, como willy fogg. Eso sí, saltando de muro en muro... y en menos de ochenta días.

Rememorando y rebuscando entre mis viejas carpetas y artículos, encuentro fotos que me sacuden como flashbacks en la memoria. Encuentro aquella foto en la que los manifestantes de una refinería de Lindsey, sin rubor alguno, escribían "Put British workers First"ante la posible contratación de 400 trabajadores, Italianos y Portugueses, para llevar a cabo un proyecto subcontratado por la petrolera Total a otra compañía, la italiana IREM. Encuentro el reverdecimiento de la extrema-derecha en Estados Unidos después de la elección de Obama. Una extrema-derecha que, inteligentemente, recluta a veteranos de guerra por sus altas cualificaciones para el combate y su falta de perspectivas cuando retornan a la vida civil. Encuentro, también el reverdecimiento, en Hungría, de la derecha más ultra de Europa, Jobbik, que cuenta con tres europarlamentarios y un brazo paramilitar con más de 1300 miembros, y que llegaron a tener un 15% de votantes dentro de un altísimo porcentaje de abstención -un 64%- en las urnas de las elecciones Europeas de Junio del 2009. Su brazo paramilitar, la Magyar Gárda -Guardia Húngara-, fundada en 2007, antes de ser prohibida por la Justicia en Julio por incitar al odio -hecho que ha servido a Jobbik para convertirles en mártires-, solía patrullar por barrios mayoritariamente gitanos asustando a sus habitantes con un aspecto marcial y eslóganes racistas. Sus ataques con cócteles molotov y armas de fuego ya han causado muertos y heridos entre la comunidad gitana.

Encuentro, también, aquella ley de seguridad de Berlusconi que convertía en delito la inmigración clandestina, y que legalizaba las rondas ciudadanas para colaborar con la policía para localizar y negar cualquier tipo de gestión administrativa a inmigrantes sin permiso de residencia, incluso el registro de sus recien nacidos. Encuentro, también, aquella marcha en la que miles de inmigrantes pedían Amnistía Laboral en Londres, reclamando una regularización masiva. Marcha que, por cierto, se inspiró en la regularización aprobada en España en 2005, y que tenía como lema "De extranjeros a ciudadanos", además de ser apoyada por más de un centenar de asociaciones sociales, políticas y religiosas. Encuentro, también, un artículo relacionado con los estallidos de violencia étnica en la provincia de Xinjiang, en el Oeste de China, dos meses después de que alrededor de 200 personas murieran en los graves disturbios provocados por la tensión entre los chinos de etnia han uigures. Encuentro, también, artículos sobre la manifestación, en París, contra la ley que contemplaba la posibilidad de hacer pruebas de ADN a los inmigrantes que socilitaban la reagrupación familiar a la administración francesa. Encuentro, también, el artículo que informaba sobre el polémico Archivo edvige, y que permitía a la administración francesa registrar información personal referida al origen étnico, condición sexual, ideología religiosa... etc de los ciudadanos franceses. Encuentro las condenas de la ONU a Italia por devolver a la fuerza a libia a inmigrantes sin papeles. Encuentro el barrido violento de la policía francesa al mayor campamento de inmigrantes en Calais. Encuentro reportajes sobre el estallido de violencia y discurso xenófobo en Salt, un pueblo de Girona con altos índices de paro e inmigracióm masiva, y que anticipa lo que se irá gestando en breve en otros puntos de España.

Podría seguir así hasta el infinito, pero me paro en lo que ya todos intuíamos que estaba al caer, la puesta en práctica del racismo verbal e institucional contra la comunidad gitana, que alcanza su máxima visceralidad en Francia e Italia, y que está calentando como una olla a presión el parlamento Europeo.

La pregunta que me asalta, día sí, y día tambien, cada vez que me levanto, es la siguiente : ¿porqué en los medios de comunicación oficiales apenas se menta la palabra racismo?. ¿Y porqué en las altas academias de humanidades y ciencias sociales tampoco?.






sábado, 24 de septiembre de 2011

"La provocación de Henry Miller".



Hay muchos libros capaces de diagnosticar una enfermedad, pero muy pocos que se propongan curarla. Henry Miller era un especímen raro, un bardo anacrónico en plena modernidad, un profeta que se reía hasta de sí mismo. Su lenguaje profético, entre el delirio místico-religioso y la rapsodia surrealista, entre una hiperbólica exaltación de la pasión sexual y una prosa Rimbaudiana, trataba de provocar e incomodar a la conciencia de una modernidad demasiado autosatisfecha de sus logros.

Frente a la calculada racionalidad moderna, Miller se erige a sí mismo como un contador de cuentos, de delirantes historias cotidianas, prescindiendo de una estructura de principio-nudo-desenlace; se dice que en la etapa final de su vida, Valle Inclán construyó el resto de su obra acudiendo a sus recuerdos, cuando uno lee atentamente a Miller, no puede evitar esa misma intuición. La prosa de Miller, columpiándose entre la verborrea Rimbaudiana, el surrealismo, la reflexión filosófica, el existencialismo desbocado y el hiper-realismo más descarnado, tanto en la descripción de los ambientes como en el diálogo entre personajes, es una prosa autobiográfica. Miller hace una atípica pero certera sociología de la vida cotidiana en los States. 

George Orwell, en sus escritos sobre literatura y política (1940-1948), resalta las semejanzas entre Whitman y Miller: los dos son profetas de la aceptación , pero la aceptación de Whitman está muy lejos de la aceptación de Miller. Lo que Miller acepta son los guetos marginales de la trastienda de Norteamérica, la guerra, la mendicidad, el alcoholismo, el desarraigo, la desorientación, la violencia, el paro masivo y la desenfrenada velocidad de la sociedad moderna. 

La aceptación de Whitman, sin embargo, se sitúa en un contexto diferente, en una Norteamérica que aún no conocía las consecuencias sociales y ecológicas de un capitalismo que ahora, a principios de milenio, dejaron de ser elucubraciones proféticas o poético-literarias para ser irrefutables certezas, en el sentido científico-positivo de la palabra.

Según Orwell, la Norteamérica que vivió Whitman era una Norteamérica con cierto nivel de prosperidad económica y política, a pesar de la estratificación social por clases y la exclusión racial de la comunidad afroamericana. La Norteamérica de Miller es, con sus propias palabras, ese país que : 

“… estaba enteramente podrido; era tan inhumano, tan asqueroso, tan irremediablemente corrompido y complicado, que haría falta un genio para darle un poco de sentido o ponerle orden, por no hablar de bondad o consideración humanas. Yo estaba contra el sistema laboral americano, que estaba podrido por ambos extremos. Era la quinta rueda del vagón y ninguno de los dos bandos me necesitaba a no ser para explotarme. De hecho, todo el mundo estaba explotado; el presidente y su cuadrilla por los poderes invisibles, y los empleados por los ejecutivos”.

Ante la velocidad y sinsentido de esto que insistimos en llamar modernidad, la solución de Miller es una receta contra el desarraigo, pero su solución escapa de cualquier sistema filosófico-político cerrado, escapa también de recetas confesionales institucionalizadas en clave de eterna salvación. No cabe duda de que bajo la prosa de Miller subyace toda una concepción del mundo, una concepción del mundo en la que la energía, la pulsión erótica y un optimista vitalismo cobran especial relevancia, no sólo en lo que se refiere a la creación artística y literaria, sino también en todos los dominios de la vida. La subjetividad de Miller es una radical subjetividad de la aceptación, y por eso puede herir a ciertas sensibilidades marxistas, que son subjetividades de la no aceptación perpetua del actual sistema capitalista, subjetividades que apelan a la acción y a la organización colectiva para buscar la salvación en la política. A Miller, sencillamente, la política le interesaba tres pepinos. Por lo menos en lo que se refiere a la búsqueda de un camino personal de salvación. 





Miller quiere redimirse a sí mismo; es consciente de los males de la sociedad moderna, tanto como cualquier persona de sensibilidad marxista, pero su elección vital es la de una irónica y bufonesca contemplación de los defectos y locuras de las personas y de la sociedad humana. El mensaje de Miller es un mensaje para individuos, no para masas o colectivos -lo mismo recalcaba, por cierto, Herman Hesse, cuando comparaba su mensaje con el de Marx-: frente al caos social imperante, un individuo puede crear su propio orden, aunque sólo sea para guiarse a sí mismo, aunque sólo sea para escapar de la locura colectiva. Frente al caos de la sociedad moderna y el delirio colectivo, un individuo aislado aún puede ser dueño de su propio destino. Es más, debería serlo, y si no lo es es porque aún está preñado de los prejuicios que se construye cotidianamente para huir de la responsabilidad de saberse potencialmente dueño de sí. Lo que Miller quiere es que cada uno de nosotros nos miremos a nosotros mismos, que no confundamos los convencionalismos y prejuicios sociales con nuestros propios deseos. Tan simple como difícil.


Sin embargo, lo que resalta, por encima de todo, en la prosa de Miller, es su carnalidad, su sensualidad desbocada y, todo hay que decirlo, bastante vulgar en ocasiones. Hay un constante intento por romper con la puritana separación entre alma y cuerpo, esa separación que tanto condiciona también a la insubstancialidad de no poca de la creación artística de hoy en día, fagocitada por un estado de excepción mental global sin precedentes y por un clima de yoísmo y mercantilismo verdaderamente asfixiante:

“Cuanto más cultiva el hombre las artes, menos se empalma. Se produce un divorcio más y más sensible entre el espíritu y el bruto. Sólo el bruto se empalma bien, la jodienda es el lirismo del pueblo. Joder es aspirar a entrar en el otro… y el artista no sale jamás de sí mismo”

En fin, cada uno que juzgue según su criterio. 

El individualismo de Miller no tiene nada que ver con el individualismo postmoderno; queda claro que Miller detesta el arte como ensimismamiento –lo cual no deja de ser paradójico, porque si hay alguien que se está mirando continuamente el ombligo es precisamente él-. La búsqueda de Miller es la búsqueda del hombre universal, pero no en el sentido que la ilustración daba a tal universalidad, que no era más que una falsa universalidad preñada de etnocentrismo occidental. El hombre universal que buscaba Miller era un hombre de carne y hueso, no una entelequia. Queda claro en esta líneas, preñadas de tono profético, tomando partido por los humillados y ofendidos de Dostoievsky, a quien admiraba profundamente :

“La tierra es un gran ser sensible, un planeta saturado por completo con el hombre, un planeta vivo que balbucea y tartamudea; no es la patria de la raza blanca, ni de la raza negra, ni de la raza amarilla, ni de la desaparecida raza azul, sino la patria del hombre; todos los hombres son iguales ante Dios y tendrán su oportunidad, sino ahora sí dentro de un millón de años. Nuestros hermanos morenos de Filipinas pueden volver a prosperar un día, también los indios asesinados de América del Norte y del Sur pueden revivir un día para cabalgar por las tierras donde ahora emergen ciudades vomitando fuego y pestilencia. ¿Quién dirá la última palabra? :¡el hombre! La tierra es suya porque él es la tierra, su fuego, su agua, su aire, su materia mineral y vegetal, su espíritu cósmico, imperecedero, el espíritu de todos los planetas"



La máxima de Rimbaud era que el arte debería cambiar la vida, las costumbres, el corazón de los hombres, su más íntima constitución psicológica y afectiva. La máxima de Marx era que la filosofía debería transformar el mundo. ¿Empezaremos por el hombre? ¿Empezaremos por la sociedad? ¿Y si, intentando transformar la sociedad dejamos al hombre a la deriva? ¿Y si, intentanto transformar al hombre, dejamos la sociedad tal y como está? ¿De qué sirve un mundo nuevo, un ordine nuovo, con hombres mediocres, abúlicos, intelectualmente perezosos y consumistas? ¿Qué puede hacer un hombre válido en una sociedad a la deriva? La apuesta de Miller fue claramente Rimbaudiana.

Cada uno es libre de escoger. Sin embargo, a mi modo de ver, quizás sea falsamente reduccionista, por no decir innecesario, separar la apelación a la conciencia humana individual de la apelación a la conciencia colectiva. No tiene sentido concebir a la persona como un átomo aislado de la sociedad, y menos lo tiene concebir una conciencia individual fuera de su contexto social e histórico. No hace falta ser o no ser marxista para intuir esto. 

Sólo un hombre nuevo podría ser capaz de sacrificar sus intereses individuales inmediatos por un futuro colectivo incierto. Sólo las verdades del corazón podrían preparar el germen cultural para luchar por una sociedad más justa y humana en todos los ámbitos de la existencia. Mientras tanto, sin esperanza laica en el horizonte, bastante tenemos con luchar con la dictadura del consumo y el eterno presente.

"Democracia, ingenuidad y comunicación".



Se vive siempre el presente con cierta ingenuidad; con el tiempo, uno acaba por darse cuenta de que tiene voto, pero no voz. Con el tiempo, para más Inri, uno acaba cayendo en la cuenta de que, en materia de política exterior, económica y penal, tiene la misma capacidad de decisión e incidencia real que el 90 por ciento de los ciudadanos de esta pequeña canica del universo llamada tierra : ninguna. Pero así, como quien no quiere la cosa, vamos engañándonos a nosotros mismos poco a poco, trivializando, suavizando el lenguaje y cogiendo el carro de lo políticamente correcto, que es lo mismo que lo políticamente permitido en nuestras democracias realmente existentes.

Se habla poco de la libertad de expresión, o al menos nunca se habla con la suficiente seriedad. Obsesionados -o quizás contaminados- por el soporífero economicismo que impera, no sólo en lo que se refiere al análisis teórico-político, en las fábricas de opinión y entre el gremio de los economistas, sino también, a efectos prácticos, por la mayor parte de las clases políticas que nos gestionan la democracia -y nunca mejor dicho, gestionar, que según el diccionario de la Rae es, ni más ni menos que "hacer diligencias conducentes al logro de un negocio"-, nos hemos dejado la imaginación y la honestidad en el armario. Ya me dirán ustedes qué tiene que ver la gestión de un negocio con la ampliación de los derechos y libertades, el mejoramiento de las condiciones materiales de existencia de las clases bajas y la conservación del medio. Gestionar un negocio es cosa de mera eficiencia, de búsqueda de la rentabilidad económica. Recientemente he estado ojeando los últimos trabajos de Viçenc Navarro. Son muy edificantes : muestran claramente como el estado del bienestar Español, a pesar del discurso y el triunfalismo oficial, puede recibir el dudoso premio de ser uno de los más flojos de Europa. No vamos a entrar ahora en cifras, lean los libros si quieren : "Democracia insuficiente, bienestar incompleto" y "El subdesarrollo social de España". El primero, por cierto, ganador del premio Anagrama de Ensayo

Nuestros políticos full-time están siempre entonando la cantinela de la eficiencia. Repiten esta palabra como si fuese un mantra laico, pero no suelen responder a la siguiente pregunta : si hay que ser, ante todo, económicamente eficientes, primando el crecimiento y la productividad de las empresas, ¿qué prioridades se tiene, a posteriori, y después de esa sagrada etapa de acumulación, en el reparto de los panes y los peces, teniendo en cuenta que todavía persisten las clásicas desigualdades de género y clase?. En este país ya hace tiempo que hemos convertido la democracia en un negocio, embobados con la doxa económica del "laisez-faire, laisez-passé", esa doxa según la cual, el libre juego -libre juego que no existe sino para unos pocos- de los egoísmos en una economía que, en un 70 por ciento, se mueve ya en los mercados financieros, sin control legal alguno, generará espontáneamente una prosperidad social, económica y política sin precedentes. Las consecuencias serán muy pronto caras a efectos sociales, económicos y ecológicos si no cambiamos, no sólo nuestras prácticas, sino los principios que los rigen.

Mientras tanto, bajo la economicista mentalidad de los funcionarios de la política, subyacen realidades preocupantes. La biblioteca Europea de la universidad complutense de Madrid, en internet, publicaba un artículo con fecha del 6 de Junio del 2006. El contenido es preocupante : sin eufemismos, España es la mayor cárcel de Europa, su tasa de presos es de 140 por cada 100.000 habitantes. A día de hoy, esta cifra sigue creciendo. El número de delitos también, y sin embargo, la tasa de criminalidad, se sitúa por debajo de la media Europea ( http://www.ucm.es/cgi-bin/show-prensmes=06&dia=6&ano=2006&art=17&tit=b). Paradójicamente, la mayor cárcel de Europa es la que menos tasa de criminalidad presenta, y ello es debido a que la mayor parte de los presos entran en prisión por delitos menores. De todos modos, no me conviene en este artículo llegar a conclusiones de ningún tipo puesto que necesitaría más líneas y más información para hacer una taxonomía detallada del estado de las cárceles en España. Lo que me interesa hacer, eso sí, es resaltar el dato de los 6681 presos en Castilla-León; los centros penitenciarios allí construidos cumplen la función de inserción de "extranjeros sin arraigo”, según explican las instituciones penitenciarias. Como verán ustedes, bajo el hipócrita y mediático discurso multicultural de la integración del “otro” en España lo que existe es, tanto una red de instituciones penitenciarias que se encarga de ocultar al extranjero sin arraigo, como su deportación “legal” al país de origen, no sólo cuando no reúne las condiciones exigidas por la sacrosanta ley de extranjería, sino también cuando ha dejado de ser económicamente productivo para la economía nacional en tiempos de crisis. A día de hoy, por cierto, se sigue incrementando el gasto en la construcción de edificios penitenciarios, pero no tengo datos ni cifras exactas. Son consecuencias de la ley de protección de datos más restrictiva de toda Europa.

Pero, además, yendo más allá de los meros datos, la perplejidad crece cuando uno se da cuenta del silencio al que la democracia televisada condena, tanto en su parlamentaria representación teatral como en el mundo de la in-comunicación, a cuestiones como las degradantes e inhumanas prácticas y torturas que se llevan a cabo en los centros penitenciarios españoles; instituciones como cristianos por la abolición de la tortura, SOS racismo, Justicia y paz, asociación catalana para la defensa de los derechos humanos y mujeres juristas ya llevan un largo tiempo denunciando estas torturas, llegando incluso a presentar sus documentos de denuncia en el Comité de la ONU contra la tortura, en Noviembre del 2002







Escribía, al principio del artículo, sobre la poca seriedad y profundidad con la que se habla de libertad de expresión; a mi modo de ver, el estado de salud de la libertad de expresión, sea en el país que sea, no puede ser mensurable bajo ningún indicador sociológico o económico ni bajo ninguna retórica jurídica barnizada en huero positivismo. Un debate verdaderamente libre -y no pre-condicionado ni ideológicamente dirigido- sobre el grado de posibilidad de ejercer tal derecho, así como los límites reales a su ejercicio -y un derecho, sólo existe cuando se ejerce, no cuando, simplemente, se formula- no puede abordarse sin un análisis de la situación y el contexto histórico y cultural en el que se plantea radicalmente tal debate. La libertad de expresión no puede existir “a medias", o "existir relativamente", o "existir a veces sí y otras no". No es una cuestión de medición, sino de exigencia cívico-democrática radical, algo que debe ser garantizado y que debe ser denunciado, en su ausencia. Algo, en definitiva, que debe ser debatido sin pre-condicionamientos ideológicos previos ni debates ya viciados de antemano, en donde las voces ex céntricas y minoritarias no tienen ni la posibilidad de hacerse escuchar.

Se puede hablar de límites a este derecho, desde luego, como reza en el punto 5 del artículo 13 de la convención Americana sobre derechos humanos, en el que se expresa claramente que “Estará prohibida por la ley toda propaganda en favor de la guerra y toda apología del odio nacional, racial o religioso que constituyan incitaciones a la violencia o cualquier otra acción ilegal similar contra cualquier persona o grupo de personas, por ningún motivo, inclusive los de raza, color, religión u origen nacional."

La verdad es que si uno se tomase en serio esta declaración de principios y fuese consecuente con ella no tendría más remedio que declarar completamente fuera de la ley a las élites políticas que gestionan el estado-nación y el modo de producción real que le subyace : capitalismo, It’s called; No me muerdo la lengua en absoluto y hablo en serio : lo que caracteriza a la arquitectura legal de las muy flamantes y prósperas pseudo-democracias liberal-capitalistas en occidente es que, sencillamente, y en la práctica, está dando cobertura legal a la exclusión social, al ecocidio más salvaje que imaginarse pueda, a la expulsión y culpabilización del “otro” y, cómo no, a las sacrosantas guerras preventivas contra el terrorista de turno en el nombre de la paz y los derechos humanos. Nada que no sea característico, por cierto, de las élites de las pseudo-democracias liberal-capitalistas no occidentales que se han pasado a la American way of life en un santiamén, por mucho que quieran dar un barniz folklórico y local a la “modernidad” capitalista a la que se han abierto muy gustosamente.

¿Soy yo un fuera de la ley?. ¿Soy yo un peligroso anarquista?. ¿Soy yo el demonio?. No, todo lo contrario. No conozco a persona más conservadora que yo. Me remito sencillamente a recalcar lo siguiente : que no se puede aspirar a gestionar el sistema socio-económico y político realmente existente sin entrar en esquizofrénicas contradicciones entre jurídico-formales declaraciones de principios y prácticas políticas y existenciales reales. Que los guardianes de la “ley” y el “orden” son, en realidad, los principales responsables del imperio del desorden, tanto al Norte, como al Sur, como al Este, como al Oeste del planeta tierra, y que las cúpulas de cada uno de los partidos que gestionan esta brutalidad de sistema desde el muy sacrosanto y pseudo-democrático sistema de partidos, son, en realidad, meros grupos de interés económico que utilizan el poder político como palanca para poder gestionar sus propias fortunas privadas.
Dejando estas indiscutibles obviedades a un lado, volvamos al tema de la libertad de expresión :

Los medios y lugares a través de los cuales se canaliza y desarrolla este derecho son -sin meternos ahora en cuestiones de grados- no hace falta decirlo, los medios de comunicación, audiovisuales y escritos, las instituciones políticas realmente existentes, los movimientos sociales, las huelgas, las manifestaciones, los sindicatos, las universidades... etc; me refiero aquí a los múltiples espacios sociales en los que se puede debatir y disentir y organizarse, al menos en teoría. Después, la práctica, como siempre, es harina de otro costal. Por eso digo muchas veces que ni los propios sujetos somos capaces de reflexionar sobre la profundísima censura simbólica que existe en muchas de estas instituciones, y creo que J.M Coetzee tiene mucha razón en su ensayo “Sobre la censura” cuando dice que la censura es un fenómeno que pertenece al estudio de varias disciplinas como el derecho, la estética, la filosofía moral, la psicología y la política.


Esta censura simbólica, para mí, no está en las instituciones mismas, aunque desde ellas, precisamente desde ellas, se puedan activar los mecanismos legales para ejercerla pro-activa y conscientemente. Esta censura está también dentro de la misma cartografía mental y afectiva de los sujetos que operan en ellas, y por ello, la resistencia a la censura no es sólo un problema político-institucional y público, sino un problema cultural, yo diría que es hasta un problema cotidiano, en donde la molesta pero silenciada presencia del “otro” y el silencio asumido ante determinadas realidades son una pauta de conducta que podría corroborar cualquier etólogo humano. No hay mejor muestra empírica de este racismo, no sólo institucionalizado, producido y materializado desde arriba, sino también socio-culturalmente interiorizado desde abajo, que el aplauso unánime de no pocos ciudadanos Italianos ante la llegada del ejército en los pueblos habitados por inmigrantes indocumentados

La verdad es que los movimientos sociales lo tienen, lo tenemos, muy difícil; el poder y la influencia de los medios de comunicación oficiales -y los temas concretos que nuestra clase política pone en el candelero- sigue siendo mucho mayor que el poder de influencia y visibilidad político-mediática de los materiales culturales que destila el plural y multicolor tejido cívico de la sociedad gallega, Española, Europea y mundial. El "universo lingüístico", por así decirlo, compuesto por los objetos de estudio, los valores , las reflexiones, los hechos sociales concretos, en definitiva, a los que se da mayor relevancia, importancia y énfasis en el espacio comunicacional oficial, así como la forma de enfocarlos y el soporíferamente eufemístico lenguaje con el que se interpretan, es muy diferente del universo lingüístico, del lenguaje, los valores, hechos y formas de enfoque de nuestros espacios de micro-comunicación, de estas redes a las que Francisco Fernández Buey denomina como "redes que dan libertad".

Hablando claro, que no sólo tenemos que luchar con las prácticas, sino con las palabras. O dicho de otro modo, que hay que ejercer el poder blando para persuadir a la gente a pensar, sentir y actuar de otro modo. Esta cuestión tiene tela y la dejo para otra ocasión.

Para terminar, no sólo nos hace falta la democracia político-estructural, la descentralización vertical y horizontal -simétrica- del poder político, en lo que se refiere a la arquitectura del Estado auto-anémico heredado de la transición, sino que también nos hace falta luchar por la democracia y el pluralismo informacional y comunicacional, que sólo existe, como siempre, hasta ese comprometido límite en el que comunicar puede llegar a ser políticamente peligroso. Cuando pienso en Amy Goodman y en su fantástica emisión en democracynow.org y la comparo con los medios de comunicación españoles, en fin, qué decirles, creo que estamos a años luz del otro lado del Atlántico en lo que se refiere a contra-políticas de comunicación e información. Por supuesto, también hay que seguir insistiendo en la democracia real en la estructura sindical, en la que el acceso de la mujer a puestos de responsabilidad sindical es sólo una declaración formal de principios y la distancia entre burocracia sindical y clase trabajadora es cada vez mayor. Por supuesto, lo mismo puede decirse de la administración pública.

Para terminar, me gustaría ser horrorosamente tajante y trivial : una izquierda política sin una contra-política de comunicación e información no franquiciada tendrá la batalla perdida de antemano, y no se puede subestimar el poder simbólico que la aristocracia de doxósofos y comunicólogos de lo intrascendente tiene sobre las representaciones del mundo del ciudadano-consumidor de noticias.

Si ya este extraño bicho llamado hombre vive el presente con cierta ingenuidad -Freud dixit-, imagínense ustedes cuanto más ingenuo puede ser en un mundo en el que el comunicar, el desvelar las cosas, el ponerles nombres, es una actividad que tampoco escapa a la economicista lógica del beneficio a corto plazo.






viernes, 23 de septiembre de 2011

"El poder del lenguaje, el lenguaje del poder : intuiciones intelectuales".



Nietzsche reificó la tragedia; no hay revelación estética más adecuada para aprehender el ser socio-histórico del hombre. Pero incluso en tal revelación estética, Nietzsche no logró desembarazarse de la creencia. Quiso matar al Dios cristiano e intentó erigir su propia tabla de valores. Quiso acabar con el valor que el cristianismo le daba a la vida, pero no acabó con la necesidad de darle un valor. La necesidad del valor seguirá ahí, latente, por mucho éxito que tuviera su ataque al cristianismo y por mucho que el primer fascismo, antes, y el nuevo fascismo ultra-liberal, ahora, utilice a Nietzsche para justificar por qué las finanzas deben estar más allá del bien y del mal, más allá del resentimiento de esa supuesta moral de esclavo que protesta ante la pútrida voracidad económica y ante el aristocrático orgullo que distingue a quien, desde el consejo de administración de una empresa, firma el despido y la miseria de miles de familias.

Pero en fin, si esta tabla de valores está, efectivamente, obsoleta, ¿a qué tabla de valores acogerse?. Es decir, ¿es todo deleznable en el cristianismo?. Es una pregunta que formulo muchas veces, y no pocos consideran que lo hago por cierto miedo antropológico a prescindir del cristo. La verdad es que yo nunca me he considerado cristiano, me limito simplemente a formular la pregunta, pues no las tengo todas conmigo con la crítica Nietzscheana al cristianismo. Además, es honesto dudar y rizar el rizo antes de clavar definitivamente la lanza en tierra y exclamar : esta verdad es mía.

Nietzsche era un temperamento inmanente, terrenal, era un poeta zarandeando a la aquiescencia y a la indolencia filosófica, pero también podría ser, sin contradicción alguna, un filósofo zarandeando al poeta platónico, al poeta de las verdades perennes y eternas. Como Nietzsche, Camus era también un temperamento de los que yo llamo sanguíneo, apasionado, mediterráneo, tan desgarrado como Nietzsche por las contradicciones del contexto social e histórico que le tocó vivir. Mientras Nietzsche sentenciaba que no era la voluntad de conocimiento, la voluntad de saber, lo que movía a la razón de los modernos –generalización un tanto atrevida, aunque parcialmente cierta-, sino la voluntad de poder –lo mismo podemos decir de esta-, Camus, mucho después, escribía en la introducción de "El hombre rebelde" las siguientes palabras:




"Pero desde el momento en que, falto de carácter, corre el criminal a procurarse una doctrina, desde el instante en que se razona el crimen, prolifera como la razón misma, toma todas las figuras del silogismo. De solitario que era, como el grito, se ha hecho universal como la ciencia. Juzgado ayer, hoy dicta sentencia"




En resumen, que las más grandes aberraciones contra la justicia y la dignidad humana pueden justificarse de muchas formas; ha habido -y hay- instrumentos teológicos, científicos, filosóficos y jurídico-retóricos para hacerlo. La aparente imparcialidad y objetividad del especialista puede barnizar la voluntad de conocimiento y su objetividad en mera voluntad de poder. A partir de esta intuición es donde Camus, tanto como Nietzsche, Foucault y Edward Said, por ejemplo, forman parte de los para mí tan necesarios filósofos de la sospecha, de la misma forma que podría formarlo un Antonio Gramsci, con el añadido de que el comunista sardo se propuso la elaboración de un programa intelectual y práctico que diese una salida triunfal a la eterna subordinación de las clases subalternas a las hegemónicas.











El poder, su dinámica, su arquitectura, así como los más irracionales instintos humanos, pasan a ser motivo de reflexión, y a la hipotética razón abstracta, neutral y desapasionada se le aprietan las clavijas. ¿A la razón… o a la humana conditio de quien la usa? Opto por proponer el siguiente punto de partida; a saber, que estos filósofos de la sospecha establecen una relación necesaria entre poder, sociedad y lenguaje, como si la necesidad de justificar nuestra forma de ser y estar en el mundo, nuestra circunstancia, nuestra situación o posición social. Como si esa necesidad, digo, fuese, ipso facto, a la búsqueda de palabras para representar y representarnos como hombres que están hablando y actuando bajo pautas culturales de conducta "lógicas" o "normales". Este es un punto de partida potente, muy potente, ambicioso, y sin embargo creo que en la misma reflexión sobre las pasiones humanas y su papel determinante en nuestra conducta hay un énfasis, a mi parecer, desmesurado, en las pasiones "malas”: el afán de poder, la venganza, el resentimiento, el odio, la necesidad de control… !Qué poco optimismo hay en su concepción del hombre!, y no es para menos, sabiendo en qué siglo y qué acontecimientos vivieron estos escritores.

Si Nietzsche intentó salir de la asfixia construyendo a su superhombre, Camus, simplemente, afirmo aquello de que su tarea no era cambiar el mundo, puesto que no tenía suficientes luces para hacerlo, pero que sin embargo sí podía contribuir a divulgar unos valores sin los cuales, el mundo, incluso cambiado, no merecería la pena ser vivido. Si Nietzsche reificó la tragedia para entender el mundo, Camus se valió del mito de Sísifo, condenado a subir con una piedra a sus espaldas y a verla rodar hacia abajo una vez posada en la cima. Sinceramente: a mí aún no deja de sorprenderme el cómo hasta las inteligencias y sensibilidades más combativas, terrenales, inmanentes, caen de rodillas y necesitan construir alguna "verdad" trascendente que los salve de morir ahogados. Tanto el superhombre Nietzscheano como el mito de Sísifo son mitos que suplieron el vacío al que suelen asomarse las inteligencias y las sensibilidades con coraje, ese vacío que todo hombre verbaliza, explícita o implícitamente, cuando pregunta:


"¿Qué hacer cuando nuestras máximas, aquellas en las que tanto creíamos, se vienen abajo?"









Ese "¿qué hacer?" no es sólo un trabajo de orden pragmático, es, también, un trabajo de re-significación del mundo. Un trabajo de re-valorización de la vida. Creo, sinceramente, que pocos filósofos se tomaron el qué-hacer en serio, la dimensión práctica de la existencia humana, tanto individual como colectiva, tanto privada como pública. Las únicas excepciones que me vienen a la cabecita son ahora Marx, Lenin Gramsci. La tradición intelectual que parte de la semilla de Marx, vamos, así como los pensadores de inspiración ético-moral aplicada. Y recalco : aplicada. Es una lástima que no haya más sociólogos que se dediquen a la sociología ético-política aplicada, y lo digo medio en broma medio en serio.

En "Entre el futuro y el pasado : ocho ensayos sobre la reflexión política", Hannah Arendt apuesta por un “método” que me convence (Arendt no es, en absoluto, una escritora o pensadora con un método, ni tampoco una pensadora con un razonar anclado en el deseo de finalización, de sistematización) : no sólo el "significado" originario de los valores que hemos intentado subir hasta la cima de la cuesta de Sísifo, sino también los cambios y distorsiones que el significado ha ido experimentando, distorsionándose o, simplemente, cambiando, es lo que debemos entender. ( Y Arendt recalca esta actitud muchas veces !entender, entender, entender!, ¡hay que esforzarse por entender!). Así pues, no hay que entender sólo procesos, sino también significados, no es necesario sólo una inteligencia sociológica, sino perspicacia filosófica, semántica, perspectiva histórica y amplitud de miras. Creo que todo periodista y sociólogo necesita este tipo de perspicacia.





Tal significado, para Arendt, era una máxima, un principio, entendiendo éste como punto de partida, como fundación o refundación. Como principio al cual los mismos hombres prometían ser fieles, haciendo valer la autoridad del mismo. Por lo tanto, tal significado acordado entre los hombres, entre la comunidad política, no es verdad trascendente alguna, sino convención que "fue", convención histórica -y por lo tanto, contingente-, acuerdo, pacto; pacto que, por cierto, no es irrompible: la propia historia política de occidente demuestra que no ha habido ninguna verdad con garantías que velase por la posible destrucción de las instituciones. La propia fuerza inmanente de la sociedad humana, las propias energías creativas y destructivas, la propia existencia humana, al fin y al cabo, debería hacernos desistir de la vana intención de obsesionarnos con la realización final de modelos abstractos sacados de la chistera de la especulación filosófico-política.

Si los hombres fuesen dioses y no olvidasen… es probable que no distorsionarían ni destruirían, ni el significado originario de las palabras, ni las instituciones políticas en las que intenta dar validez a esos valores abstractos. Pero no somos dioses y, lamentablemente, vivimos hoy día en una época en la que todo ejercicio de abstracción, de imaginación, a nuestras muy modernas sensibilidades les parece, necesariamente, una evasión de "lo real". A todo este clima cultural de positivismo y cientificismo atroz se le junta, además, el hecho de vivir en una cómoda e indolente cultura de la desmemoria. Pero Arendt reivindicaba, una vez sí y otra también, la necesidad de ejercitar la memoria, y no sólo en el sentido individual, meramente autobiográfico, sino en el colectivo, en aquel "lugar" en el que los asuntos humanos nos conciernen a todos en tanto que humanos. Olvidamos muy fácilmente, y hoy día, con nuestros insaciables hábitos de consumo, no tendremos, quizás, en el futuro, ni experiencias colectivas que recordar.

El consumo individualizado y a medida ha debilitado los lazos colectivos en demasía; persisten, para nuestra desgracia, aquellos lazos que, en lugar de sumar, restan, excluyendo al otro que no forma parte de la comunidad cultural, política, nacional o religiosa de sentido. En lo que se refiere al concepto de ciudadano, es cierto que, según Edward Said y otros deconstructores de la falsa universalidad del citoyen afrancesado, ha estado preñado de occidentalismo y de las practicas coloniales que le siguieron, pero, de todos modos, yo creo, debe persistir la pretensión de universalidad, y ese es un ejercico de la imaginación literaria, poética, artística y antropológico. El uso instrumental interesado de la declaración de los derechos humanos no justifica, en absoluto, el vergonzoso relajo de la tensión ética en aras de un relativismo cultural que, en el fondo, no busca sino la despreocupación por el sufrimiento y el conocimiento del "otro". Es cuanto menos vergonzoso justificar la indiferencia ética echando mano del relativismo cultural.

Al fin y al cabo, aunque la tragedia sea un buen punto de partida estético para comprender la incómoda y desgarradora verdad de nuestra histórica imposibilidad de construir un mundo habitable, no lo es, en absoluto, como punto de partida político. Eso no quiere decir que haya que anticiparse a celebrar ninguna épica Brechtiana, pues prefiero la afirmación de una esperanza laica, más prudente y honesta, porque nunca las tiene todas consigo y porque, simplemente, prefiere la solidez diamantina e inapelable del punto de partida -y no encuentro mejor punto de partida que una visión pluricultural y post-colonial de los derechos humanos, alejado de relativismo ético alguno- a la anticipación apresurada de la épica Brechtiana. Es preferible la solidez del principio, del punto de partida, antes de dar el primer paso, al incierto “final feliz” de la emancipación.

Y es que, quizá, no haya otra forma de ir en pos de finales felices sino partiendo de sólidos puntos de partida. Y aún vencidos, no darnos por vencidos, no desesperar, en nuestra conciencia, de la validez de nuestro punto de partida, e incluso de su superioridad moral e intelectual sobre ciertas postmodernas e indolentes formas de pensar que proclaman, con orgullo el fin de la historia y de los relatos emancipatorios

Cual es ese principio, ese -o esos- punto de partida, es algo que todos los que se toman en serio lo de pensar radicalmente -y ser radicales es ir al fondo de las cosas, en su génesis socio-histórica y su significado, en su construcción socio-histórica y en como los hombres la relataron- deben intentar reconstruir, acordar, refundar y recordar de nuevo; y aquí, precisamente aquí, llega el problema político-práctico, que es también un problema simbólico : ¿estará dispuesta o tendrá coraje para ello la mera concepción de la política como "gestión" de lo existente, tan del agrado de la izquierda como de la derecha centrada y centrista?.

Lo dudo, lo dudo mucho : uno ya no sabe que pensar : ¿es nuestra desidia una excusa para nuestra incapacidad, o es nuestra incapacidad una excusa para nuestra desidia?