viernes, 15 de marzo de 2013

El porvenir de la cultura - y la cultura del porvenir -




Hay eufemismos muy sutiles en la forma y carentes de fondo. Eufemismos evasivos. Abundan mucho en los protocolos diplomáticos y en el tablero de ajedrez de la realpolitk. Pero hay, también, eufemismos que combinan la sutileza formal y la brutalidad de fondo de un modo que llega incluso a maravillar. Sin lenguaje evasivo y a cara descubierta. Me gustan este tipo de eufemismos, los segundos, y no porque tenga una sádica delectación por la barbarie, no, sino porque me desvelan claramente con qué clase de personas tengo que tratar y cuales son sus intenciones, por muy vomitivas que sean.

John Brennan, el nuevo boss de la CIA, no se anda con chiquitas y enseña diáfanamente sus cartas. El 7 de Febrero lo dejó bien claro en una tensísima sesión en el senado estadounidense. El uso de drones – aviones sin tripulación – para matar selectivamente a miembros de Al Qaeda tiene toda su legitimidad. Así de seco y rotundo lo dijo, con un estoicismo que pone los pelos de punta por su escalofríante frialdad, después de añadir, además, que convendría rechazar la necesidad de cualquier clase de legislación específica para este tipo de aventuras de cowboy con paranoia supremacista a la que tan acostumbrados nos tiene nuestra entrañable agencia de genocidio e inseguridad planetaria.

De seguir en su línea, muchos serán, en el futuro, los libros que hablarán de la CIA como el matadero humano con más eficiencia tecnológica y capacidad de organización de la historia de occidente. Esta perla de John Brennan, sin embargo, no llega ni a la suela de los zapatos a la justificación que ofreció por escrito a los senadores antes de someterse al turno –prefabricado– de preguntas y respuestas en directo que decidirán su confirmación como futuro director de la CIA, a saber: que los susodichos drones deberán usarse de forma cuidadosa y responsable, y que el gobierno utiliza ya esa tecnología de acuerdo con rigurosos procesos de control.

Lo más vomitivo de las perlas verbales de Brennan no es su forma, tampoco su contenido. Lo más triste es que no tienen oposición ni alternativa, pues la mayor parte de los senadores demócratas y republicanos que sientan su culo en ese lugar asisten al show con silencio cómplice.









Hace unas semanas, Tzvetan Todorov, en un artículo titulado “¿Neoconservadurismo a la francesa?”, publicado en el diario El País, definía el neoconservadurismo como una doctrina geopolítica fabricada a posteriori y como consecuencia de los atentados -¿auto-inducidos?– del 11-S en las Torres Gemelas. Su núcleo duro, tan diáfano como pragmático y, al mismo tiempo, tan mesiánico y maniqueo, viene a decir lo siguiente: Hay que (obligación) “intervenir” (acción) en “otros países” (exterior) para “erradicar el mal” (purificar) que impera en ellos e imponer (violencia) el “bien”.












No hace falta mucho malabarismo hermenéutico para concluir que de lo que se trata es de defender una pauta de conducta en política exterior basada en la obligación de una acción extra-muros del propio estado con la intención de purificar a los otros de un mal que amenaza, no sólo al resto del planeta, sino también a los ciudadanos vinculados a un estado protector que suspende los derechos civiles con la excusa de fortalecer lanational security.
La definición de Todorov da en el clavo, y además, añade :
  • El neoconservadurismo es moralismo e idealismo, y es diferente de las doctrinas geopolíticas como el realismo, según la que la política exterior de un país dicta sus intereses, sin que preocupe en absoluto el destino de otros pueblos”
Más adelante, recalca :
  • En este aspecto, está emparentado con otras formas de mesianismo como el colonialismo, que se justifica en la superioridad de la civilización occidental, y el comunismo, que pretende garantizar a los pueblos que lo adoptan un porvenir radiante”
Efectivamente, ninguna estructura de dominación colonial, sea cual sea su especificidad histórica, política y económica, puede justificarse sin la imposición de altas dosis de moralismo e idealismo despegado de la realidad, tanto durante el mismo proceso de cristalización del sistema colonial/neocolonial como en su posterior justificación, cuando se trata de insinuar, no pocas veces, que es de sentido común aceptar lasconsecuencias positivas –sic– de un proceso colonial. De este idealismo moralista del que habla Todorov a decretar la ley del silencio sobre un pasado de imposiciones y violencias sistémicas de todo tipo, sólo hay un paso, y me temo que tanto la cara oculta de esa ideología llamada comunismo – en su práxis política – como la cara oculta de esa otra ideología llamada liberalismo –en su práxis económica– hace ya tiempo que ha salido del armario a enseñar todas sus vergüenzas. Algo tendrán que decir, entonces, ante el confesionario laico de incompetencias, barbaridades, soberbias y crimenes cometidos contra la humanidad.

Mientras John Brennan vomita su basura verbal jurando su cargo de director de la CIA ante Dios y la constitución Norteamericana, mientras Antonio Muñoz Molina recoge el premio Jerusalem de las manos teñidas de sangre de Simon Peres… y mientras Benedicto 16 anuncia su reciente dimisión como representante de Dios en la tierra, en Europa pierden el tiempo, tragicómico contrapunto, buscando héroes: escritores, científicos, grupos mediáticos y editoriales, obsesionados con re-re-construir nuevamente una idea de Europa como remedio al colosal aborto político-institucional, monetarista y militarizado en el que ha devenido desde el Tratado de Maastricht, se han reunido recientemente, el 28 de Enero, en París, con la intención de presentar un Manifiesto por la unión Europea: Umberto Eco, Julia Kristeva, Bernard Levy, Peter Schneider, Antonio Lobo Antunes, Claudio Magris, Salman Rushdie, Fernando Savater, Vargas Llosa.. entre otros, compartieron la conclusión de que Lady Europa está llena de peligros y amenazas.






Hasta aquí, nada sospechoso, a no ser el hecho de que no se mencione en absoluto el crecimiento progresivo de movimientos sociales y políticos de extrema derecha con cada vez más implantación e influencia en los parlamentos Europeos, y a no ser el hecho de comprobar, día tras día, que parecen no importar las múltiples razones, motivos y circunstancias del euro-escepticismo: la simple intención de mostrarse euro-escéptico con el elitista, xenófobo y desfragmentado modelo social, político y económico de la UE se convierte en razón suficiente para ser estigmatizado a priori y sin posibilidad de debate, de modo que exabruptos igual de populistas que los exabruptos verbales que los mass-media Europeos desprecian en boca de cualquier presidente Latinoamericano que verbalice su intención de oponerse frontalmente al modelo neoliberal de desarrollo -¡Patria o muerte!–son cómicamente sustituídos por exabruptos idénticos dentro de la UE, a saber: Europa o caos Unión política o muerte. Éstas son, en concreto, las dos máximas repetidas en París por nuestros euro-intelectuales, que hacen de su amor filiativo y carnal a Europa una especie de nacionalismopan-europeo nostálgico y evasivo que imita todos los fundamentos éticos, estéticos y epistemológicos sobre los que se edifica el nacionalismo cultural: la mentira.

Este conservador y reaccionario pan-eurocentrismo que, de algún modo, ya intuía/intuíamos germinar hace unos años, y sobre el que traté/tratamos de alertar en Rebelion.org, no debería extrañarnos que funcione como el cemento cultural de no pocos escritores, artistas y científicos obsesionados con buscar una narrativa fundacional afín a la Europa-fortaleza que habitamos a día de hoy.

Desde siempre, el vínculo más o menos intenso entre estética, conocimiento y poder es un hecho histórico, y caminar desde esta intuición es, a mi modo de ver, el mejor punto de partida para una crítica literaria, política y cultural digna de tal nombre para este siglo 21. Vínculo al que, además, habría que añadirle la profunda importancia que adquiere el discurso periodístico para la de-formación de la opinión pública y la imposición sutil de las modas culturales de época. Y, para muestra, un botón: por allí estaba, en París, compartiendo té y pastas con nuestros euro-intelectuales -¡oh,azarosa sorpresa!-Don José Luís Cebrián, a quien no se le ha arrugado nada el entrecejo al pedir un pacto inmediato por el empleo después de haber ejecutado un ERE automática y masivo en El País y cargarse el suplemento cultural de Galicia que nos traía aire fresco desde la capital.



Y ya que los exabruptos y los eufemismos causan silencio y murmullos, si salen de la boca de un cowboy bárbaro y soberbio como John Brennan, más silencio aún cuando salen de un asesino como Simon Peres, y más y más silencio cuando salen del interesado silencio de un escritor como Muñoz Molina –yo pensaba, ingenuo de mí, que las conciencias se cotizaban a mayor precio que el de 10.000 dolares en el mercado-, quisiera contribuir con estas consideraciones de plebeyo republicano: La Europa realmente existente es un infierno para la búsqueda de la felicidad colectiva, y la Europa ideal que imaginan buena parte de sus grandes escribas e intelectuales hace ya mucho tiempo que ha dejado de importarle a los sueños de la mayor parte de la sociedad civil europea. El divorcio entre el mainstream literario y cultural Europeo y la vida cotidiana es tan profundo que gestos tan honorables como el de John Berger, negándose a recoger un premio literario por la noble obligación de tener que ir a recoger patatas, pasan tristemente desapercibidos.




Si pudiese ser actor en este teatro, diría que mi Europa Ideal sería aquella en la que no haya que pedir permiso a nadie para trabajar, comer, pensar y crear. O sea: vivir. Y diría, también, que sería deseable que nuestros euro-intelectuales aprendan, en lo sucesivo, y a partir de ya, a mirar más allá de su euro-ombligo, porque mientras se obsesionan con reconstruir existencial y políticamente, a golpe de arquitectura mental cartesiana, las vísceras de la podrida Europa neoliberal, ésta se desfragmenta y se cierra en sí misma a una velocidad y con un descaro indignante.

No hace falta educar a las nuevas generaciones, ni en el conocimiento de héroes nacionales como Garibaldi o Juana de Arco, como se ha venido haciendo tradicionalmente en las escuelas de Europa, y que Umberto Eco criticó acertadamente, ni en el conocimiento de héroes realmente europeos -sic– como Lord Byron, que se fue a luchar a Grecia por los griegos –Eco dixit-, como insinuó la propuesta pedagógica y cultural que ofreció a posteriori el mismo Umberto Eco. Europa no necesita héroes ni mitos en sus cimientos culturales para convencer de la necesidad global de una pedagogía laica que promocione valores de paz, justicia y libertad civil. No necesita héroes ni mitos en sus cimientos para convencer de la necesidad global de un republicanismo federal y solidario y de una pedagogía intercultural. Deberían pasar ya los tiempos en los que se buscaba en la kultur lo que no se encontraba más allá del mundo secular, a saber: un mero consuelo existencial para aliviar interiormente el desasosiego que causaba –y sigue causando– la contemplación de la violencia que germina de las entrañas mismas de la miseria económica.


Los fundamentos éticos y epistémicos que cohesionan moralmente a una comunidad, real o imaginada, y viceversa, son, a mi modo de ver, un punto de partida irrenunciable para convivir en su seno. ¿Ofrecieron algo parecido a esto nuestros bienqueridos euro-provincianos? No. Absolutely not. Ni siquiera se molestaron en insinuarlo, pues no es la teta que da dinero en el mercado en estos momentos, ni tampoco el cordero que expulsa milagrosas monedas de oro por el trasero.

No deberían, pues, resultar apocalípticas las palabras de Rafael Argullol, sino realistas y sensatas, y me refiero a su reciente artículo, publicado en El País el 3 de Febrero y titulado Europa relega su cultura. Un artículo que, por cierto, lleno de nostalgia cultural y lugares comunes sobre lo que es o debería ser eso llamado la –sic- cultura Europea –como si tal cosa existiese como un todo armónico y coherente sin contrapuntos ni oposiciones–; un artículo que incluso llega a sentir nostalgia por su presencia en la vida pública, lo cual no es sino síntoma de la vieja obsesión del intelectual que no puede resistirse a que su caudaloso acervo de capital cultural acumulado sirva de orientación política a la Polis.


Lo cierto es que, seamos sinceros, nada, absolutamente nada ni nadie garantiza que la fusión de la cultura y el poder político, como si fuesen un solo cuerpo, y por sí misma, garantice una buena orientación de este último para evitar recaer en nuevos episodios de barbarie.

A pesar de todo, inmersos como estamos en este malestar cultural permanente de cromatismo múltiple, en el que la cultura está adquiriendo un aura de religiosa y salvífica solemnidad para solucionar todos los males del mundo de un plumazo, sería conveniente reflexionar sobre estas palabras de Argullol, pues revelan, yo creo, un síntoma de la ambivalente condición a la que el gran mercado está relegando a la cultura:
  • Lo que hasta hace relativamente poco se consideraba en Europa cultura se ha transformado en Arqueología, con el riesgo de que la propia Europa se convierta en una pieza arqueológica que, en un futuro no muy distante, se expondrá a la mirada de los poderosos”
Así pues, entre la concepción netamente arqueológica y museística de la cultura y la concepción instrumental, complaciente y servil con las mentiras, tratos y tretas de la realpolitik, es evidente que tenemos un espacio social y mental desde el que huir, tanto de la nostalgia arqueológica como del servilismo político, y ese espacio no puede ser otro que el de la imaginación ética y estética sin concesiones a ningún conformismo cínico.

No necesitamos futuros ideales ni pasados miltonianos. Habitar el malestar cultural de una sociedad que tendrá que aprender a morir para vivir de nuevo y re-significar la humanidad y la phronesis –prudencia -, es requisito fundamental para curar la herida mirándola frente a frente, pero no ignorándola.

Si la buena medicina y los buenos médicos curan los cuerpos, pienso que no es difícil intuir cuales son los horizontes que debería marcarse la creación cultural, venga del lugar, clase, género o ideología que venga.


viernes, 8 de marzo de 2013

La importancia de entender

Entender, entender, ¡ tenemos que esforzanos por entender!”
A Hannah Arendt, in memoriam.

Civilización : occidente y el resto. Es el título del nuevo juguete que recién ha emocionado a Mario Vargas Llosa; un nuevo engendro de pornografía intelectual escrito por Niall Ferguson que trata de intelectualizar las razones por las que el enorme falo de Mr.Occidente aventajó y hegemonizó durante 500 años al resto de civilizaciones transmitiéndoles, además, sus usos, costumbres, instituciones y métodos para producir riqueza – pongámonos a temblar -, que viene a ser lo mismo que decir su cultura, su código civil y su sistema político, económico y educativo. Casi nada. Mr Niall va sobrado.

Seis son, en concreto, las razones que el pornógrafo Niall expone en su engendro para tratar de explicar los motivos de la hegemonía de occidente en 500 años, a saber :



1 – La competencia en países europeos independientes :

En realidad, lo que Niall Ferguson llama la competencia intra y extra muros de los estados modernos, puesta en valor originalmente por los propios estados y mercados nacionales, no deja de ser la competitividad – cosa bien diferente a la competencia – económica y militar entre los mismos, tanto en el endo como en el exo-espacio geográfico de influencia. El resultado de esta competitividad ya la conocemos todos : las dos guerras mal llamadas mundiales y un rosario de guerras civiles y coloniales.

2- La revolución científica del siglo XVII en adelante :

Niall expone, además, que los descubrimientos y avances de la física, química, biología, etc, todos Europeos – sólo menciona a las ciencias llamadas duras, como si las ciencias sociales y humanas tuviesen algo que envidiarle a las primeras, y viceversa -, fueron razón suficiente para explicar la hegemonía de occidente. El hecho de que muchas de esas ciencias tuviesen que fermentar durante milenios filosóficamente su madurez como tales, incluso antes de la Antigüedad clásica y el renacimiento, y el hecho de que sus métodos e interrogantes existiesen más allá del espacio geográfico de influencia de la civilización griega y la civilización mediterránea, entrando en contacto recíproco con los científicos y filósofos que se expresaban desde lenguas y culturas no occidentales, no interesa demasiado, al parecer, a Niall Ferguson. Y menos le interesa, como era de suponer, que aún hoy no existan criterios y/o consensos claros para denominar con el término civilización determinadas formaciones humanas, y que no haya, además, forma posible de defender la existencia de compartimentos estancos o fronteras académicas impermeables en su estudio comparado.

La ilusión de la diferencia total entre eso que llamamos civilizaciones, así como entre lenguas y culturas, es tan banal como la ilusión de la superioridad de unas sobre otras, pues, al fin y al cabo, en muchísimas ocasiones y contextos, esa diferencia total que construímos entre nosotros y los otros no es más que la radicalización extrema y reactiva ante la voluntad de asimilación cultural por parte de los grandes estados – modernos o pre-modernos – y de la discursividad lingüística y cultural de la que hacen uso sus castas dominantes para fortalecer y oficializar simbólicamente el consentimiento en el ejercicio del poder. La totalización del discurso diferencialista sirve, sí, como retórica y práctica de resistencia, pero no como proyecto social alternativo, pro-activo y propositivo.


3 – El imperio de la Ley y del gobierno representativo basado en el derecho de propiedad surgido en el mundo anglosajón

Ahora le toca el turno a la Law del imperio moderno. Otras veces le toca a la lex del imperio clásico, es decir, al estado de derecho de la Roma Imperial. Cómico. En un reciente artículo firmado – no sé si escrito – por Felipe González y Valery Giscard, titulado Por una conciencia Europea, ambos escogían, entre otros elementos, los instrumentos necesarios para construirla. Entre estos instrumentos estaba, como no, el susodicho derecho Romano que, textualmente, Europa – cómico anacronismo semántico e histórico : al parecer esa cosa llamada Europa ya estaba en gestación antes de la caída del Imperio Romano – presenció durante el nacimiento e instauración del imperio de la Ley, basado en el derecho romano”. Sobran comentarios : el que aquí escribe se sintió obligado a responder recientemente en este medio a a este pueril ejercicio de reivindicación de un Europeísmo sin fundamento sólido alguno y rotundamente excluyente.

La cuestión es que ahora le toca el turno a la law del imperio moderno de tradición anglosajona, ese que se expandió globalmente junto con las maravillas del gobierno representativo y el derecho de propiedad. El mismo, exactamente el mismo que, a día de hoy, justifica la represión violenta a través del monopolio de la violencia legítima (Max Weber) del Estado, así como de la apropiación privada de los medios de comunicación públicos y de los recursos naturales y humanos, justificándola con el cliché retórico de la voluntad de hacer prevalecer el imperio de la ley y destinando cantidades irracionales de financiamiento público-privado para engrosar los contingentes militares del ejército y de los comicamente llamados cuerpos antidisturbios. Incluso en el actual contexto de profundísimo desarraigo y polarización social, con índices de pobreza absoluta creciendo progresivamente y con un altísimo porcentaje de la sociedad civil exigiendo una transición de la representatividad formal y protocolaria a la representatividad real y proactiva, parece menos urgente dar de comer a los hambrientos que financiar y fortalecer el silencio impuesto legalmente – que no, legítimamente – por la fuerza.

En esencia, el deseo colectivo que subyace a estas reivindicaciones no es otro que el deseo de autogobierno civil y democrático ante un capitalismo feudal militarizado y ecológicamente insostenible que se acompaña, además, de un estado penitencia – y de cárceles penitencia – que persigue y estigmatiza el activismo social y la resistencia civil, y que deviene, necesariamente, si no se cambia el marco axiológico de valores dominantes, hacia un colapso indudable, convirtiendo progresivamente en dominium privado y exclusivo de castas y linajes familiares, no solamente todas las instituciones formales de autogobierno, sino también los espacios urbanos, mediáticos y académicos. La exclusión socio-económica, cultural, educativa y sanitaria es cada vez más evidente, al mismo tiempo que los viejos estados-nación están siendo literalmente comprados y fagocitados por el supra-estado corporativo de los grandes mercados y de las transnational institutions que educan a aquello que Marx llamaba el cognitariado, o dicho de un modo sencillo : la red de técnicos y profesionales liberales que elaboran ideas para justificar la preeminencia de la lógica monetarista que debe guiar a la política económica de la gobernanza planetaria.

4 – La medicina moderna y su prodigioso avance en la UE y en los Estados Unidos de América.

Nada dice, Niall Ferguson, como era de suponer, del papel de la industria químico-farmaceutica en este prodigioso avance, ni de la exclusión socio-sanitaria real, a pesar de su universalización formal, desde que ha cristalizado en occidente el moderno sistema de salud. Nada dice, tampoco, de la existencia de concepciones y prácticas sanitarias diferentes de la concepción y prácticas sanitarias de la medicina en sociedades no-occidentales, como tampoco dice nada del hecho de que la universalización real del sistema de salud será rotundamente imposible que cristalice en contextos geográficos y culturales históricamente desposeídos de los conocimientos médicos y técnicos para poder escoger, a su modo y desde la toma de conciencia de sus propias necesidades colectivas, su propio modelo de desarrollo económico, socio-sanitario y educativo.

5 – La sociedad de consumo y la irresistible demanda de bienes que aceleró, de manera vertiginosa, el desarrollo industrial.

El hecho de que fuese el mismo desarrollo industrial hiper-urbanizado el principal causante de los primeros éxodos campesinos y el abandono forzado de la misma propiedad que, supuestamente, garantiza el susodicho derecho de propiedad anglosajón, así como el hecho de que buena parte de ese contingente migratorio acabase mendigando en las calles y trabajando en condiciones de verdadera esclavitud en las primeras formas industriales-fabriles de producción, no importa para Niall Ferguson. Precisamente fue la violenta y traumática imposición de ese modelo de desarrollo la que fue normalizando progresivamente en occidente la antropología cotidiana del consumo banal, suntuoso y sin medida a escala planetaria. Un consumo que, a día de hoy, es objetivamente imposible re-estimular con políticas keynesianas sin volver a reproducir el impacto eco-sistémico y humano que tiene como coste.

6- La ética protestante del trabajo que creó “normas severas, estables y eficientes”.

Niall Ferguson parece no reflexionar sobre el hecho de que la ética protestante y su severidad normativa y contable, llevada al extremo, es radicalmente incompatible con la consecución de los principios constitucionales de libertad e igualdad ante la ley, pues es el principio activo que estimuló a las clases dominantes de la Inglaterra Victoriana a impulsar un modelo de industrialización inhumano y ecocida en el que la maquinización del proceso productivo, con una mano de obra hiper-especializada, así como el ahorro interno de las grandes familias industriales, era prioritario a la consecución de unas condiciones socio-económicas e higiénico-sanitarias dignas para la la miseria que llegaba a la ciudad impulsada por el abandono y la despreocupación creciente de las élites calvinistas por la economía rural.

Estas son, en rigor, las 6 pornográficas razones que Niall Ferguson desarrolla para defender la hegemonía de occidente durante 5 siglos, llegando a defender este modelo sin ningún tipo de complejo y aún siendo consciente de lo que Mario Vargas Llosa llama su siniestro legado : La inquisición, el nazi-fascismo, el comunismo – así, en abstracto, ¿ para qué entrar en matices? – y el anti-semitismo.

Llegados a este punto, creo que sería oportuno decir que … una cosa es hacer de abogado del diablo, manía con la que tengo cierta espontánea simpatía si estoy seguro de que el demonio de turno no representa al mal en estado puro, y otra cosa, bien diferente, es pretender erigirse en defensor de productos intelectuales que se podrían calificar, como mínimo, de basura radiactiva para el cuerpo y la mente. El caso Vargas Llosa, como el caso Niall Ferguson y semejantes, es digno de estudio psiquiátrico, a saber :


¿ Qué tipo de lógica afectiva lleva a un intelectual a defender con acrítico fervor las ideas y los métodos del mal en estado puro, máxime a día de hoy, cuando podemos revisar crítica y mesuradamente cualquier cachivache intelectual que ha pretendido imponerse como una visión o solución total a los problemas de la humanidad?. Porque una cosa es la coherencia formal de una teoría, que puede ser buena o mala. Otra, muy diferente, es el grado de verificabilidad empírica contrastándola con la realidad, que puede ser mucho/así-así/poco o nada, pero nunca totalmente absoluto o totalmente relativo. Otra, bien diferente, son las intenciones y los motivos por los que nos adherimos emocional y pragmáticamente a esas teorías. Y otra, sí, también diferente, son los efectos colaterales de su aplicación y su éxito/fracaso en lo que se refiere a los resultados esperados o a las intenciones buscadas.


Pregunto esto porque, después de ler Apogeo y decadencia de Occidente, el artículo firmado por Vargas Llosa en el diario El país, a 13 de Enero de 2013, uno ya no sabe qué pensar de Mario. ¿ Qué es lo que lleva al super-intelectual Vargas Llosa a meter, en el mismo saco, sin establecer relaciones causales, contextuales y diferencias filosóficas o semánticas, los conceptos que utiliza y las realidades que pretende describir?. El es un premio Nobel de literatura, tiene la obligación moral de tomarse en serio las palabras, aunque sólo sea de modo irónico y desenfadado!.


El histrión Peruano de sonrisa bravucona y autosuficiente soberbia neoliberal menciona el siniestro legado de la Inquisición, el nazi-fascismo, el comunismo – permítanme ser parcial y sonreir burlonamente cada vez que se menciona esta palabra – y el anti-semitismo sin someterlos a un análisis historiográfico y filosófico-semántico, como ya hizo hannah arendt en su tiempo, aunque siendo criticada desde círculos políticos y culturales di sinistra por su insistencia en condenar moralmente los totalitarismos nazi-fascistas y soviético sin entrar en matices, no tanto para justificar ninguno de ellos, sino, simplemente, por amor a la precisión, o sea : a la verdad. Porque la condena moral, siendo necesaria, simplifica el cuento, y la precisión historiográfica y semántica, siendo también necesaria, lo complica. En cualquier caso, ambas, la condena moral y la precisión semántica e historiográfica, pueden servir tanto al maniqueísmo interesado como a la búsqueda de la verdad.


Allá cada sujeto y su conciencia a la hora de hacer ciencia.


Vargas Llosa, como Fernando Savater, pueden ser – de hecho, son – personas con más lecturas y más cultas que yo, pero su deshonestidad, que en su tiempo me irritaba, ahora las observo con cómica e indolente indiferencia. El segundo, Fernando Savater, hace nada, viene de escribir en su sección Despierta y Lee, también en el diario El país, las siguientes líneas, en las que alerta apocalípticamente del vacío de sentido que está dejando lo que él llama el avance imparable de la tecnología, en detrimento de las humanidades y la filosofía.


“El vacío de sentido dejado por la filosofía lo llenaran a paletadas clericales las iglesias y los nacionalismos. Su enemigo común (…) es el laicismo (¡!), que defiende a los pensantes frente a los creyentes (…). La enseñanza volverá a su cauce teológico e identitario (…) apoyándose unas veces en unos partidos y otras en los opuestos. Nos forzarán a abjurar de la democracia laica tanto las derechas hechizadas por la iglesia como la izquierda idiotizada por los nacionalismo (…)”.


Las personas que me conocen un poco – en lo que se refiere a cosas intelectuales, no en cosas íntimas y privadas -, saben de mí que no soy, de ningún modo, un nacionalista gallego a priori, como también saben que no tengo ningún tipo de problema en hacerme nacionalista gallego a posteriori cuando las estructuras cognitivas y afectivas del nacionalismo español, bien sea desde la socialdemocracia cosmética de Ferraz, bien sea desde el franquismo sociológico de Génova, comienza a componer e interpretar de nuevo su macabra melodía. Saben, también, de mi escepticismo y de mi precaución con las políticas de la identidad cuando no son más que instrumentos de cosificación y enfrentamiento entre alteridades lingüístico-culturales para sacar rédito electoral. Saben, también, el profundo y sincero respeto que me inspiran los creyentes que no tratan de adoctrinar a los demás, ni desde la iglesia, ni desde la administración pública. Y saben, también, lo profundamente necesario que me parece el divorcio Iglesia/Estado para darle a los Césares lo que es de los Césares – aunque sean unos cabrones borrachos de poder – y a los Dioses lo que es de los Dioses, para que se apañen con sus creyentes en los templos construídos y pagados por sus fieles, por sus fieles… y nada más que por sus fieles.


Precisamente por esto, porque soy una persona de orden, tener que leer de boca de Fernando Savater que el enemigo común de los paletos clericales y de los nacionalismos – así, en abstracto, sin matices – es el laicismo, me hace algo de dañito en la córnea, viniendo estas palabras como vienen de un philosopher como él, por muy mediático que sea. Aclaremos las cosas : el nacionalismo gallego ha sido siempre, ideológicamente, laico y anticlerical, tanto el realmente existente ahora en las instituciones autonómicas, materializado históricamente con el acrónimo BNG, como el realmente emergente, materializado recientemente en el acrónimo ANOVA, formando parte de una plural coalición de circunstancias entre la izquierda nacionalista y la izquierda no-nacionalista, materializada en el acrónimo AGE – Alternativa gallega de izquierda -, y que recién ha conseguido representación electoral llevando a cabo un traumático divorcio dentro del BNG por supuestas diferencias ideológicas y/o organizativas, así como de sensibilidad cultural.


Se puede decir, eso sí, que dentro del seno del nacionalismo gallego conviven tanto gente religiosa como arreligiosa o atea, y se puede – además, se debe – decir que la democracia interna y el feminismo siguen siendo las asignaturas pendientes, no sólo del nacionalismo gallego, el realmente existente y el recientemente emergente, sino también de la historia política e institucional de la mayor parte de los partidos políticos que han existido desde el mitificado, desmemoriado y silencioso espíritu de la transición que tanto pregona la casta política de este loco pedacito de piedra llamado Península Ibérica.


A día de hoy, la melodía del espíritu de la transición sigue sonando día tras día. La casta política la interpreta constantemente, con una naturalidad y desparpajo que asusta : ni el flautista de Hamelin tenía tanta habilidad para llevar a su ejército de ratones a un suicidio colectivo desde un acantilado.


Fernando Savater puede estar tranquilo, no hace falta que nos represente futuros escenarios apocalípticos debido a la ausencia de filosofía, pues cada vez crece con más fuerza un más que probable escenario distópico en el horizonte debido a la presencia del capitalismo. Savater nunca caerá – no quiere o no puede, su soberbia no se lo permite – en la cuenta de que el lugar que ocupa ya hace mucho tiempo la filosofía, no sólo mediática y académicamente, sino incluso en la cultura cotidiana, es la de fábrica de divulgación de ideas desprovistas de cualquier referencia real a problemas y acontecimientos contemporáneos, cuando no a la de saber folklórico que vende recetas fáciles para que los ciudadanos lleven una vida correcta.


Tiempo al tiempo, porque este osificado y elitista clasicismo en las academias y en los cenáculos de los big philosophers, tarde o temprano, tendrá que mezclarse con la contemporaneidad de los múltiples problemas y retos concretos que la persistencia de la civilizatio neoliberal nos va regalando día a día en cadena.


Savater, puede estar tranquilo, sí, tranquilísimo, porque el mismo vacío de sentido provocado, no por la futura obsolescencia de la filosofía en las escuelas – que también – sino, sobre todo, por la presente persistencia estructural del capitalismo, seguirá llenándose con los consuelos de la filosofía del mismo modo que se llenan las angustias existenciales en las capillas de las iglesias parroquiales. Quien sabe si desde ahí, desde las capillas de las iglesias parroquiales, comiencen a emerger los futuros Thomas Muntzer de la península Ibérica: ¡! Campesinos, arriba las armas y al parlamento ¡!.


Bromas aparte, de seguir así, puede que hasta la psiquiatría llegue a situarse como la reina de las humanidades, pues sólo desde la lógica de lo irracional se puede entender la brutal indiferencia e inhumanidad que no pocos técnicos y philosophers mediáticos, reclutados por este sistema de producción de basura cultural a gran escala, llegan a mostrar ante la cantidad de dolor que ha causado, causa y seguirá causando la civilizatio neoliberal. Aunque no sepamos todavía, con claridad, qué elementos tendría que tener esa cosa llamada civilización para ser considerada como tal, lo que sí podemos saber, porque lo sentimos en nuestro cuerpo y en nuestra conciencia colectiva, es que la cantidad de dolor y miseria que provoca la expansión global de un modelo económico gestionado para proteger militarmente el espacio vital que los mercados diseñan para crear a su nuevo hombre – el homo consumer – y defender su derecho a tener renunciando a su derecho a ser, es demasiado.


No llega, lamentablemente, con los consuelos de la filosofía para anestesiar y curar este dolor colectivo porque, creo, el reto de las ciencias sociales y huamanas, a día de hoy, sigue siendo el de siempre . ayudar a entender la complejidad de nuestro tiempo. Un sujeto y una sociedad que consiente que le administren la vida de este modo necesita, no hai duda, toneladas de basura cultural para auto-engañarse. La suficiente como para vivir ajeno contemplanto impasiblemente el dolor de los demás. La suficiente para que nosotros, desde nuestra disciplina, aportemos un grano de arena para recordarles a las nuevas generaciones que, si no quieren que su futuro y sus propias vidas sea prematuramente clausurada… tendrán que entender, entender : deben esforzarse por entender el tiempo que les tocó vivir.