lunes, 23 de diciembre de 2013

El selectísimo "club de los 200"


Otra de las múltiples plagas que hay que soportar en la cotidianeidad de esta aldea global : los pusilánimes. Probablemente sea ésta la clase de conciencias que más detesto, y con una visceralidad lo suficientemente sincera como para desearles la guillotina por imperativo estético



Los pusilánimes son el perfecto retrato Fannoniano de esa clase de sujetos preñados de auto-odio a los que les sirves de primer plato las realidades menos agradables de su contorno social y reaccionan como si tuvieses tú la culpa de que en tu país no existan paraísos. En realidad, da absolutamente igual qué estrategia de diálogo o qué espíritu pedagógico sigas para tratar de hacerlos entrar en razón : si te expresas con un habla más culta o académica que popular dirán que no tienes los suficientes galones universitarios para tenerte en cuenta. Si te expresas con un habla que se esfuerza por mezclar los códigos más populares con una cierta profundidad reflexiva, dirán que eres un prepotente o un pedante que quiere marcar diferencias con la common people y su sacrosanto common sense. Si haces el esfuerzo de expresarte con los códigos y el lenguaje que se le exige a un científico social, te dirán que no hace falta complicarse tanto, pues, por lo visto, las cosas ya están claras, muy claras, clarísimas, tal y como nos llegan, y pueden entenderse por ciencia infusa sin mediación entre el corazón y la cabecita, y viceversa, con la misma naturalidad con la que observas una camelia o con la misma espontaneidad con la que te suenas los mocos.


Cuando uno trata de dialogar con un pusilánime – ya no digamos discutir civilizadamente – hai que tener en cuenta lo siguiente : no quiere llegar a ninguna parte y de ninguna manera. Ningún horizonte vital guía su conciencia ni su modo de hacer las cosas. Lo suyo es quejarse constantemente y hacerse heridas, a sí mismo y a los demás; de este modo, canaliza toda su verborrea para intelectualizar sus complejos de inferioridad, proyectando en los demás sus complejos de inferioridad y convirtiéndolos en estereotipos de fácil etiquetaje.


Los pusilánimes no tienen estructura ni orden mental. Su desgarro vital y su confusión necesita muchas píldoras de auto-censura personal y otras tantas de censura a los demás. A los pusilánimes no los guía la curiosidad ni la búsqueda de lo sublime; así pues, como no soportan que la realidad no se amolde a sus deseos, tratan de intelectualizar sus deseos para que encajen en hechos cuidadosamente seleccionados. Los pusilánimes se sienten débiles, muy débiles, de una fragilidad no asumida y mal llevada, así que reaccionan con populista resentimiento contra cualquier sujeto que se desmarque, esforzadamente o con soltura, de la mediocridad fabricada en serie.


De algún modo, el pusilánime se ha convencido de que defender el sector público y los valores liberal-democráticos implica igualar las capacidades y las cualidades de las personas por lo bajo, e implica, también, considerar que eso que llaman la common people sólo tiene inquietudes de estómago hacia abajo, y el resto son mariconadas literarias o filosóficas. Para el pusilánime, todo tipo de auto-afirmación de la propia personalidad ética, estética y razonante tiene que desembocar necesariamente en narcisismo si no se somete a los criterios valorativos y a los consensos mayoritarios.


Pusilánimes, lo que se dice pusilánimes, hai un montón de ellos en el Reino de Galicia – como en el resto del mundo -. Desde plumillas consagrados que se dieron toda su vida un aire de enfant terrible del nacionalismo anti-colonial gallego de post-guerra y recogen, a día de hoy, suculentos premios literarios de 30.000 euros de las manos de instituciones y personas que han criticado vehementemente toda su vida, hasta plumillas igual de consagrados que dejan de ser tan progres y tolerantes como salen en la cámara cuando se desvela la doble moral de su prisómetro o galaxiómetro periodístico, cultural y literario, hasta – como no – nacionalistas de tocino y taberna que van de mitin en mitin y de fiesta gastronómica en fiesta gastronómica lanzando exabruptos y consignas llenas de testosterona, convirtiendo a esa cosa que llaman galleguismo en un modus vivendi que consiste en ir de picnic permanente con tu familia.


El pusilánime no quiere hechos ni verdades concretas, quiere actitudes, poses y way of life. Algo que sea agradable a la vista y oídos de sus receptores imaginados. En este sentido, es exactamente igual que una prostituta del ser y de la palabra. El pusilánime no quiere ir a la raíz de las cosas, quiere moverse por la vida con superficial desenfado y enfadarse con aquellos que piensan y crean en serio; por supuesto, nunca será quien de asimilar que dejar de ser un niño y madurar no tiene nada que ver con imitar el camino que los adultos de un tiempo concreto han marcado a los niños que comparten su contemporaneidad. Los pusilánimes, sí, los pusilánimes; esa comunidad de repelentes, ese destino único en lo universal que ha tratado siempre de patrimonializar y vaciar de contenido todo lo que en la historia cultural y política de Galicia oliese a desobediente rebeldía democrática.






Entre silencios impuestos desde fuera y auto-impuestos desde dentro, entre silenciosos exilios políticos por la puerta de atrás, entre dolorosas diásporas en el humo de locomotoras y vapores de barco, antes, o aviones y trenes de alta velocidad, ahora, los pusilánimes, ese partido interclasista, más clasista que inter, más confesional que laico, más autonomista que soberano, más populista que popular, más endogámico que federal, más libericida que liberal, y más galleguista que tú, que yo, que él y que todos nosotros juntos, ha logrado reunir a cerca de 200 personalidades destacadas en la quintuagésimo quinta edición de los premios Fernández Latorre, con la fiel cobertura mediática de La Voz de Galicia.


Pregúntales a ellas, querido lector, cual es su fórmula mágica para salir de esta crisis civilizatoria, y cual su proyecto para dar voz a todas las voces de esta Galicia invertebrada. Digo yo, no sé, que algo tendrán entre manos, ya que no pocos salieron al atril rotundamente convencidos de que el buen galleguismo, el gran galleguismo, el galleguismo sin fisuras – sic -, tuvo como fecha fundacional el 25 de Julio de 1950. ! Y el resto del cuentito para qué contarlo, che !.


Al fin y al cabo, los pusilánimes, que también allí estaban presentes, seguirán teniendo la voz cantante en esta puerca tierra. Y la responsabilidad, por supuesto, seguirá siendo nuestra, por no esforzarnos en construir una Galicia y una concepción cultural y política del galleguismo radicalmente opuesta a la del selectísimo club de los 200.

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