Con los referentes y las referencias sucede lo mismo que con los dioses : cuanto más se necesita creer en ellos con más visceralidad se reacciona cuando son sometidos a crítica o desprovistos de su aura de perfección. Lo peor de todo es cuando uno menciona sus nombres en espacios sociales, círculos culturales o instituciones en donde existen, ante todo, intereses, y en donde se necesita, con extrema urgencia, usar a los dioses, a los referentes y a las referencias como simples instrumentos simbólicos para fortalecer regímenes de poder en franca decadencia, darse una falsa imagen de élites cultas o ilustradas, o bien intentar, desde una posición y una actitud de marginalidad, aquello que algunos escritores e intelectuales, incluso antes de Gramsci y de la concepción moderna del escritor y del intelectual, llamaban la Hegesthai – Hegemonía, en griego -, y que no es otra cosa que buscar los medios con los que lograr un fin muy concreto : interiorizar en las cabezas y en los corazones de las personas que determinada manera de pensar, sentir y actuar – una forma colectiva de vida, ni más ni menos -, sea vieja o sea nueva , es preferible al modo de vida que las clases dominantes proponen e imponen más o menos subliminalmente, y que las subalternas mimetizan, también, con mayor o menor grado de conformidad y consentimiento.
El recurso a la violencia, por supuesto, en sus múltiples y variadas manifestaciones, es la partícula elemental para entender cómo y por qué motivo determinadas formas de vida son aceptadas o puestas en duda, así que no debería extrañar en absoluto que en la convivencia humana, aquello que Kant llamaba la insociable sociabilidad del ser humano, se manifieste en intermitencias históricas de visceral rebeldía e incluso esquizofrenia clínica.
En Galicia, sin ir más lejos, existe una seriedad que roza la más enfermiza de las solemnidades con los referentes y las referencias intelectuales de nuestra gramática cultural, sobre todo en el cerrado y endogámico mercadillo de los escritores e intelectuales con más pulsión militante que creativo-reflexiva, que tienen que torear en un contexto de generalizado desinterés por el conocimiento de la propia historia cultural de Galicia y soportar, por si no fuese poco, las urgencias cortoplacistas de una agenda editorial y política que sólo busca productos estéticos y político-electorales que no pongan en duda los tan paralizadores consensos simbólicos de esa casta de intocables en la que ha devenido la llamada generación de la transición – excepciones al margen, que siempre las hay -.
La situación es compleja y las predisposiciones muy pocas para hablar del germinar de una política cultural – y de una cultura política – con óptica local y global, pues nos movemos en una fecunda tensión sexual no resuelta entre la voluntad de conquistar el mercado simbólico de las mayorías aculturadas y desmemoriadas o el tener que entendernos con los consensos simbólicos de la gerontocracia de turno, aquella que se auto-denomina como minoría culturalmente consciente con deseos de vanguardia, cómicamente desfragmentada en guettos políticos liderados por populistas personalismos que buscan traspasar su relevo a las generaciones futuras o a las llamadas juventudes militantes.
Esta tensión sexual no resuelta entre hablar para las mayorías aculturadas y desmemoriadas o las minorías culturalmente conscientes auto-representadas como vanguardia político-cultural, es un hecho de capitalísima importancia para entender las contradicciones específicas que se dan, no sólo en la sociedad gallega, en el estado español y en Europa, así como en el panorama internacional, sino también en el discurso literario y político y en el comportamiento público, por acción u omisión, de sus intelectuales comprometidos . En no pocas ocasiones, por ejemplo, me ha resultado cómica cierta actitud y cierta textura de sentimiento que aún a día de hoy se reproduce en los popes del nacionalismo gallego, consistente en defender retórica e idealizadamente, la liber-qué, iguali-quien, fraterni-cuando ilustrada ad-extra, hacia afuera, al mismo tiempo que se reproduce, ad-intra, hacia adentro, una auténtica guerra fría por ocupar los puestos de responsabilidad o intentar que una ideología cerrada o una tesis política prevalezca sobre todas las demás por mayoría simple. Son dos caras de la misma moneda : la de la competición ciega y descoordinada por el poder a través de la negación y silenciamiento, más o menos violento, del otro.
Las voces minoritarias pueden hacerse autoritarias sin tener autoridad cuando cometen el error de creer que su posición de marginalidad puede justificar automáticamente todos sus argumentos, comportamientos o incluso laxitudes que tratan de relativizar las dobles morales del pequeño guetto político-cultural del galleguismo con el clásico cuento de que en el gran guetto político-cultural del españolismo tienen más fuerza y poder. En el humano, demasiado humano, y cerrado, cada vez más cerrado círculo político-cultural del nacionalismo anti-colonial, incluso aquel de de pre-guerra civil que no necesariamente utilizaba los significantes nacionalismo o colonia, sino los significantes galleguismo y centralismo, en una clara actitud de posicionamiento contra la common law del Estado Español. En este humano, demasiado humano y cerrado círculo político-cultural del nacionalismo de pre-guerra civil, digo, como en el nacionalismo anti-colonial de post-guerra que rompió coherentemente con el Piñeirismo y la Xeración Galaxia, tratando de orientarse recuperando tanto el sueño colectivo de la izquierda galleguista en el exilio – exterminado por la fuerza de las armas y perseguido a través de la institucionalización política del terror, el asesinato y la tortura – como la poética política, por así decirlo, de los movimientos anti-coloniales de los años 60, seguirá respirándose el mismo clima de personalistas resentimientos recíprocos. Dudo, por ahora, que la cosa cambie.
Seguirá existiendo este clima, sí, e incluso re-existirá perpetuamente, si el feminismo no deja de ser, tanto un discurso teorético para sus bases, sin trascendencia vital para sus vidas, como un maquillaje simbólico para sus representantes institucionales, cuya intención es escenificar una paridad meramente visual y mediática que no emana de un verdadero esfuerzo pedagógico por cambiar la asimetría y la calidad relacional entre géneros y sexualidades, así como tampoco de la voluntad de frenar la legislación civil y socio-laboral que la justifica.
Mi humilde – y definitiva – proposición es, pues, abandonar de una vez elitistas narcisismos para ejercer la autoestima cívica y el placer de llevarle transparencia, veracidad informativa y gozo estético al pueblo, sin más compromiso que el de una generosidad que no se autosatisface a sí misma, y sin más motivo que la satisfacción vital que eso nos provoca.
Mi humilde – y definitiva – proposición es recuperar la convicción radical de que, incluso sumidos en un lodazal de hipocresía, existen grietas a través de las cuales aún se deja ver la luz del sol. Son esas grietas, físicas y metafísicas, alegóricas, que Albert Camus situaba entre la miseria y el sol. La miseria que le impidió creer que todo estaba bien bajo el sol y en la historia, y el sol que le enseñó que la historia no lo es todo.
El cuento de la emancipación todavía ha acabado… de empezar

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