sábado, 15 de octubre de 2011

"Auto-odios, narcisismos y acordeones"


Si tuviese que hacer una radiografía, un trazo psicológico apresurado, una cartografía mental y sensible de los gallegos, yo diría que son seres universales y concretos, como en el resto de países que existen en madre Gaia. Ni somos tan diferentes, ni somos tan iguales al resto de los homínidos; lo que ocurre es que todo homínido tiene una misteriosa dosis de locura que ni los mismos dioses, si es que existen, llegan a comprender. Una de esas locuras es nuestro constante ir y venir entre el autoodio y el narcisismo. 




En el diario El Xornal, hace unos días, Xabier Vence, catedrático de Economía Aplicada que escribió aquel fantástico, riguroso y lúcido libro titulado O fracaso neoliberal na Galiza, da en el clavo al hacer una radiografía mental del gallego fetén que cae, con primorosa facilidad, en el autooodio. 




Este gallego fetén tiene la costumbre de socializarse en los altos circuitos financieros, empresariales y políticos del país. Por lo visto no es capaz de digerir la lengua gallega porque -dice- es una lengua rural de provincias... y por lo tanto no tiene mucho sentido mimarla, cuidarla o hablarla -no vaya a ser que los turistas se sientan ofendidos cuando comprueben que en Galicia también se habla gallego de vez en cuando-. En conclusión, el gallego fetén de turno decide que hay que hacer negocios en castellano porque el gallego es una lengua inservible y el castellano es la lengua común de los españoles. 



Dudo que algún día diga que no vendría mal hablar de vez en cuando en gallego, porque es también la lengua común de los gallegos que, hasta que se demuestre lo contrario, no son tan diferentes ni tan iguales a los españoles. Dudo también que algún día diga que no vendría mal hacer también negocios en gallego, porque es también un puente económico, político y cultural con Portugal y con el resto de los países lusófonos... ya puestos a hablar de pragmatismo economicista en esto de las lenguas y razonar desde el mismo esquema mental de los que argumentan que En castellano es más fácil o El castellano-inglés es más útil

Vale: en gallego también puede ser útil, ¿y qué?. 

Dice también Xabier Vence, por cierto, que la mala baba causada por sus constantes fracasos empresariales y económicos provoca que el gallego fetén escoja un chivo expiatorio, el eterno culpable de sus fracasos: el gallego. Cuando las cosas no van bien en los negocios la culpa es, por supuesto, del gallego. Tiene coña el asunto, ¿verdad? El cómico autoodio del gallego fetén consiste en olvidarse de que es él, precisamente, el que decide hacer negocios en dicha lengua común: el castellano. Eso sí, cuando los negocios van mal, el culpable, el chivo expiatorio, no será jamás la lengua común de los españoles; para eso ya está la lengua común de los gallegos: el gallego. 

Y bien, lo cierto es que la culpa no es de esa lengua común de los españoles llamada castellano... ni de esa lengua común de los gallegos llamada gallego, que deberían ser dos de las cuatro lenguas comunes que tienen los españoles, sean gallegos, vascos, catalanes o andaluces. No; las lenguas, por sí mismas, nunca tienen la culpa de nada. La culpa es del gallego fetén que cae en el autoodio, sencillamente por no reconocer su incompetencia para hacer negocios.Tiene gracia el asunto: cuando la economía va mal, escupimos nuestro resentimiento contra las lenguas minoritarias. Cuando la economía va bien, enseñamos el poderoso falo de las lenguas mayoritarias. 


Entiéndase bien: toda lengua es válida por sí misma y forma parte del necesario nicho de la ecodiversidad lingüística y cultural, pero lo que no se puede negar son las asimétricas relaciones de poder que existen en una inexistente convivencia armónica entre lenguas y culturas en Galicia. Eso es todo. No es honesto hacer una loa de la diversidad o del multiculturalismo con la intención de esconder las relaciones de poder que subyacen en esa convivencia. No es honesto hablar de multiculturalismo cuando se esconden mecanismos de dominio y marginación social bajo tal concepto, cuando en nombre de un simple reconocimiento discursivo de la diferencia continúan manteniéndose las estructuras tradicionales de poder, tanto económico como político y cultural. 





Hablando claro : la celebración de la diferencia que escapa de la búsqueda de la universalidad, y que opera en la misma llaga de la exclusión social, es, como mínimo, estúpida, ya que sólo es reconocida cuando pasa a formar parte de las relaciones de poder tradicionales para gestionar nuestro ecocida modelo de desarrollo. Diferencia, por cierto, que será estigmatizada y marginada cuando haga visible, además de su singularidad, la injusticia a la que está sometida. 



¿Diversidad? Sí. Yo quiero una Galicia, una España, una Europa, un mundo que sea vivero de la ecodiversidad y de la justicia; pero con injusticia, y ante todo con ella, la diversidad acaba teniendo su traducción local en el nuevo lema del postfraguismo liderado por Feijóo: Galego á miña maneira

En su tiempo era Galego coma ti. El conservadurismo postfranquista apelaba a la mímesis identitaria con el paisano de la boina que ni siquiera sabía qué significaba la palabra democracia. Ahora el lema ha cambiado por la fórmula Galego á miña maneira; en el falso multiculturalismo de la globalización de la injusticia, la diferencia va muy bien para mantener contento al ciudadano fetén con su identidad. No va tan bien, eso sí, cuando dichas singularidades o diferencias identitarias protestan contra la injusticia a la que están sometidas. 

Es obvio que la lengua y la cultura gallega son periféricas, como su economía; es obvio que esto no quiere decir que la lengua y la cultura gallega aspiren a ser centro ni tengan que aspirar a serlo. Lo que sí deberían tener la lengua y la cultura gallegas es un lugar en el que existir o re-existir de forma autónoma y no subalterna, es decir, de forma que su existencia o re-existencia se haga desde la creación y el debate libre, desde la creación no tutelada político-administrativamente ni devorada por la sacrosanta industria de la cultura.

Considero necesario, y además, muy urgente, el estudio cultural interdisciplinar -antropología, literatura, filosofía, sociología, arquitectura- en este país, sólo así se podrá contrarrestar la constante manipulación de símbolos y personajes de la cultura gallega desde el poder político; sólo así se puede huir de la peor de las políticas culturales que puede exportar cualquier país: la del nacionalismo cultural -sea central o periférico- y la de la interpretación interesada, maniquea y oportunista. La verdad es que para mí, que nunca tuve formación galleguista, resulta casi cómico el tener que recalcar semejante obviedad. Puede que defender un elemental sentido común en este país en todos los ámbitos -cultural, político, económico, cultural, linguístico- implique necesariamente el ser etiquetado de galleguista sin pretenderlo. ¡Y yo que sólo quería aparecer como un transfonterizo hijo de emigrantes gallegos que piensa desde la izquierda! Cosas de la vida.

Cada vez estoy más seguro de que no es cierto, de ningún modo, eso de que no se puede pensar con los lentes de la izquierda en Galicia sin pasar por el galleguismo, y estoy muy seguro, además, de que a mi experiencia y mi visión transfonteriza, que repudia el nacionalismo cultural y que sólo entiende el nacionalismo político como fruto de una situación de opresión política, económica, cultural extrema, como fruto de un contexto, como fruto de la urgente necesidad colectiva de decir queremos existir -o re-existir- para sobrevivir, puedo añadir materiales culturales de la más necesaria de las culturas en nuestras muy imperfectas democracias : la del coraje cívico y la libertad, vengan de la posición ideológica que vengan. Esto sí es y será siempre necesariamente necesario, tanto si uno es nacionalista como galleguista, comunista, liberal o socialdemócrata en Galicia, en Galiza... o en el resto del mundo.

¿Hay ejemplos individuales de esa cultura en la cosmovisión del galleguismo? Sí, los hay, pero creo que debería empezar a considerarse sin paternalismo cultural de ningún tipo que no esnecesariamente necesario ser o sentirse galleguista para formar parte de esa elemental cultura cívica... y que a la cartografía cultural gallega se le pueden añadir o cruzar, por así decirlo, otras cartografías culturales sin que ello suponga, claro está, ninguna aculturación colectiva.

Dudo mucho que esto agrade a los practicantes del Galego coma ti, del Galego á miña maneira o del Máis galego ca ti. Espero que, en este contexto de crisis -cosa que dudo- no comience además a surgir el lema del Máis roxo ca ti. Ese absurdo lema que consiste en pelear por escolásticos certificados de autenticidad revolucionaria entre las gentes de izquierda. Galego coma ti fue, por cierto, el eslogan del postfranquismo fraguista reconvertido al centrismo democrático para adaptarse a las nuevas estructuras de poder creadas en la autonomía gallega. El Galego á miña maneira de Núñez Feijóo que ahora le sigue, acompañado por el fantasmal y moribundo vaivén de don Manuel Fraga, no es más que el nuevo eslogan conservador para obturar el desarrollo de la lengua y la cultura gallegas en nombre de la libertad de elección y de un místico bilingüismo armónico que esconde una situación real de diglosia linguística. Todo ello, por supuesto, adobado con la archiconocida gestión político-administrativa del ecocida modelo neoliberal de desarrollo, con sus también archiconocidos mecanismos de flexibilización de las normativas socio-laborales.

¿Y qué hay del Máis galego ca ti? El Máis galego ca ti, como el Máis roxo ca ti, nunca fue un eslogan; es, y continúa siendo, en el primer caso, la desafortunada respuesta al autoodio desde el narcisismo identitario en clave nacional-excluyente -sólo el nacionalismo excluyente hace primordialmente de la identidad una política-, y también la desafortunada respuesta, en el segundo caso, en clave de marxismo escolástico y anacrónico, a la falta de propuestas y modelo alternativo de la izquierda alter-sistémica, que camina, y debe caminar, con los lentes de los movimientos sociales, pero trascendiendo, de una santa vez, la cultura del resistencialismo, para sembrar el horizonte de propuestas y modelos-guía alternativos, aunque sólo sirvan para eso, para orientarse en el camino.

Al fin y al cabo, las cosas no cambian tanto como parece. Hoy por hoy, así somos y así continuarmos siendo; éste es un país con complejo de acordeón, como si para hacernos escuchar tuviésemos que ir de un extremo al otro, bien para llegar a ningún sitio o bien para llegar al mismo sitio de siempre, que viene siendo lo mismo.

Es el eterno retorno de nuestra impotencia cívica y no nos sucede nada que no ocurra más allá de nuestro rincón. 




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