jueves, 15 de septiembre de 2011

"El frágil hilo de la memoria". 16-09-2007



No hace falta ser muy lúcido para darse cuenta de que el pasado siempre está presente. No. Lo que hace falta es tener el coraje de admitirlo; es una de esas verdades que puede ser discutida con espíritu de geómetra, pero que está tan clavada en la entraña cotidiana del hombre como clavadas están las raíces de los árboles en el suelo. Un ejemplo : ciudad de Washington, año 2003, un grupo de veteranos de Vietnam encabezan una protesta contra la intervención en Irak. Su representante, Barry Romo, recuerda el día en que le comunicó a su padre que se había alistado en el ejército : “Comenzó a llorar en mi regazo y me pidió por favor que no me fuera. Pero le dije que quería defender a mi país como él lo hizo durante la segunda guerra mundial”.

Cuarenta años después, Barry Romo lucha contra un síndrome de estrés postraumático; en jerga cotidiana, esto significa que las imágenes de la doma y castración de Irak han accionado ese pequeño cajón de la memoria que todos llevamos dentro. Significa volver a recordar lo que quisimos olvidar conscientemente... pero que termina por brotar del inconsciente. 

Barry Romo habla para un reportero del diario El País : “hay demasiadas similitudes entre ambos conflictos, hasta las noticias sobre torturas. En Vietnam se hacía con Son Island. Ahora es Guantánamo”

Hay quien afirma que la necesidad de hacer una mirada retrospectiva en la historia colectiva está preñada de cierto mesianismo laico con altas dosis moralizantes. Sin comentarios : son cosas de la retórica futurista y la insustancialidad progre en la autodenominada socialdemocracia española, cuya mediocridad intelectual suele mirar hacia el futuro con el mismo ciego fervor e ingenuo optimismo con el que los creyentes de este país van a Lourdes y votan a nostálgicos del Franquismo. 

Los últimos estudios que navegan hacia la búsqueda de las bases neurobiológicas de la memoria lo dejan claro; no hay nada de anacrónico romanticismo ni de nostalgia hueca en la reivindicación de la necesidad del recuerdo : Es, sencillamente, pura y dura fisiología; Antonio Damasio, en “En busca de Spinoza”, hace un recorrido por esos recónditos y ocultos lugares de la fragilidad humana, que no son sino los lugares del sentimiento, y rescatando aquel aserto de Spinoza -“Un hombre resulta tan afectado, agradable o dolorosamente, por la imagen de un suceso pasado o futuro, como por la imagen de un suceso presente”, intenta darle una base científica recurriendo a los últimos descubrimientos de la neurobiología. 

¿Quién ha dicho que las ciencias son frías?. En estos tiempos de excepción mental permanente, la luz que ha de guiar a un mundo cada vez más complejo y convulso hay que buscarla en donde sea : en la ciencia, en la filosofía, en la fotografía, en el arte, en la literatura o en la poesía : miradas plurales y diferentes, formas de habitar el lenguaje y pretensiones diferentes, si, pero siempre, bajo la aparente confusión de lenguajes del mundo moderno, una pulsión latente a todos ellos : la intuición de que, a pesar de todo, este caos llamado mundo puede -y debe- ser entendido.

Cuando parecía que sólo hippies y nostálgicos de Neil Young, Pete Seeger o Dylan, así como la vieja guardia de historiadores disidentes como Howard Zinn, se acordaban de Vietnam, nos topamos ante un acontecimiento confuso. Un acontecimiento que tiene su raíz anclada ni más ni menos que en la memoria colectiva. Esa memoria que, más allá de las instituciones políticas que se rigen por el imperativo de la realpolitik, germina en lo cotidiano. 



No quisiera pecar de provincianismo, pero creo que el folklore puede llegar a ser mucho más respetuoso con la verdad que cualquier técnico de la realpolitik -sé de lo que hablo, he trabajado más de un año para un partido político y estoy muy familiarizado con la constante manipulación y trivialización de las palabras, así como con la interpretación maniquea de los datos-. Para aquellos que sientan terror ante esta epistemológica declaración de principios, tranquilidad : al igual que Machado, no tengo duda de que una cosa es el folklore, y otra, bien diferente, el folklorismo, que viene a ser algo así como la impúdica, obsesiva y masturbatoria exhibición de cualquier objeto, material o espiritual, que simbolice lo propio.

En esta península, el folklore, lo que es el folklore, no se respeta mucho; algunas malas lenguas dicen que eso puede ser debido a cuarenta años de intentos compulsivos por evitar preguntas con carácter regresivo en la realidad histórica y antropológica de la península. En “memoria sentimental de España”, por cierto, Montalbán intentó destilar una sociología de la vida cotidiana en la España de postguerra., pero estos temas, claro, en nuestra mercadocracia -que sólo representa al partido del dinero-, ya no preocupan a los consumidores -sic- de la industria cultural

Busco en el diccionario la palabra folklore, pues me han dicho que esto de consultar el significado de las palabras es un ejercicio muy sano y terapéutico :

“Conjunto de creencias y costumbres tradicionales de un pueblo”.

Me alegra ver que se habla de un conjunto, es decir, varias creencias, pero más me alegra ver que entre ese conjunto de creencias, dentro del folklore norteamericano, se encuentra también el repudio a la barbarie de Barry Romo. Y me alegra aún más el que la memoria que oxigena ese folklore, se intente o no ocultar político-institucionalmente, brote, tarde o temprano, como una respuesta orgánica al odio y desde lo más hondo de nuestra constitución afectiva. Es un error –lo digo cientos de veces- creer que podemos desembarazarnos del simbolismo colectivo y de los meta-relatos : la patética imagen del resurgimiento de la iconografía y el discurso fascista en Rusia o Alemania… en contraste con la esperanzadora indignación de diferentes generaciones de ex-soldados norteamericanos contra la sangrienta política exterior de los Estados unidos son ejemplos claros de cómo esas emociones colectivas tienen facilidad para atrapar, de cómo en nuestra constitución afectiva, en el frágil tejido de la vida cotidiana, toda historia individual, sumada a otras, puede resucitar nuevamente el instinto de rebelión y protesta. Un instinto enterrado momentáneamente en el silencio, sí, pero siempre latente.

Nos queda algo por averiguar, y es lo siguiente : ¿porqué es tan común, en el folklore de los pueblos, encontrar imágenes tan simbólicas, cotidianas y contradictorias como la armónica de Bob Dylan… y los recuerdos de hijos que, como rito de paso, le dicen a su progenitor : "padre, debo ir a luchar por mi país, porque hacerlo, es algo noble”.

A lo mejor resulta que hay que aplicar la teoría de la alienación al folklore. O a lo mejor resulta que la superación de Marx es una creencia común que, más que formar parte del folklore cotidiano, forma parte del oportunista folklorismo de algunos pocos iluminados y bien pagados.





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